Opinión de Unión 0-0 Platense: nada cambió

A Unión le faltó fútbol y debió conformarse con un 0-0 ante Platense. Siempre se repite casi como un mantra eso de “año nuevo, vida nueva”, una frase hecha que invita a pensar en cambios, renovaciones y nuevas ilusiones, pero en el caso de Unión esa lógica parece no aplicar en absoluto. Ojalá Dios quiera equivocarme, pero la sensación es que el arranque de este nuevo año futbolístico muestra exactamente lo mismo que se viene viendo desde hace tiempo, sin señales claras de crecimiento ni de ambición deportiva. En ese contexto, resulta inevitable señalar a los principales responsables de que el Tate no haya incorporado prácticamente nada en un año en el que, además, el calendario no aparece como una excusa válida, ya que solo disputará el torneo local y la Copa Argentina. La responsabilidad recae directamente en Leonardo Madelón y en la dirigencia encabezada por Spahn, quienes decidieron encarar la temporada con apenas dos refuerzos, una cifra difícil de justificar cuando el equipo arrastra falencias estructurales desde hace varios mercados de pases. Con el plantel actual, siendo realistas y dejando de lado cualquier expresión de deseo, Unión tiene muy poco margen para aspirar a algo más que pelear de mitad de tabla para abajo. No hay variantes, no hay jerarquía en puestos clave y tampoco hay competencia interna que eleve el nivel general. Este es un momento quirúrgico, de esos en los que quienes toman decisiones en el club deberían detenerse, analizar y actuar con firmeza, porque hace al menos dos años que al equipo le faltan volantes naturales y, sin embargo, mercado tras mercado esa necesidad se ignora sistemáticamente. A eso se le suma que dentro del once titular hay rendimientos que claramente no están a la altura de ser titulares, futbolistas que no sostienen regularidad y que, aun así, siguen jugando por falta de alternativas. El resultado de todo esto se ve reflejado en la cancha, con un Tate que mostró una imagen muy pobre, en un partido realmente feo, sin ideas, sin intensidad y sin respuestas. Y, aunque duela, hay una verdad que resulta bastante lógica y hasta previsible. Si tenés el mismo equipo, los mismos nombres, los mismos problemas y la misma planificación limitada, lo ilógico sería esperar ver algo distinto. No se puede pretender un cambio radical cuando no se hizo nada para provocarlo. Unión hoy es la consecuencia directa de sus decisiones —o de su falta de ellas— y mientras esa inercia no se rompa, el discurso de “año nuevo, vida nueva” seguirá siendo apenas una frase vacía que no se refleja en la realidad del Tate dentro de la cancha. Como mínimo, este equipo necesita ocho refuerzos sí o sí, sin vueltas y sin ningún tipo de discusión posible, porque la realidad lo expone de manera brutal cada vez que Unión sale a la cancha. No estamos hablando de sumar nombres para cumplir ni de inflar el plantel por una cuestión numérica, sino de cubrir falencias estructurales que el equipo arrastra desde hace varias temporadas y que nunca se corrigieron de fondo. Hay puestos clave completamente desprotegidos, líneas enteras sin alternativas confiables y futbolistas que hoy son titulares más por ausencia de opciones que por méritos propios. En ese contexto, pensar que con este material se puede competir de manera seria es casi una fantasía, porque el fútbol no perdona la improvisación ni la falta de planificación. Ocho refuerzos no es una exageración ni una locura, es el punto de partida para empezar a reconstruir un equipo que perdió identidad, intensidad y jerarquía, y que hoy está lejos de transmitir algo parecido a la ilusión. Además, la necesidad de incorporar esa cantidad de jugadores deja en evidencia todo lo que se hizo mal en los últimos mercados de pases, donde se eligió patear los problemas para adelante en lugar de resolverlos. Cada semestre se repitió el mismo discurso de austeridad, de confianza en el plantel y de “darle continuidad al proceso”, pero la realidad demostró que esa continuidad solo profundizó las carencias. Hoy Unión no solo necesita ocho refuerzos para elevar el nivel futbolístico, sino también para generar competencia interna, para que nadie tenga el puesto asegurado y para que el equipo vuelva a tener hambre y ambición. Sin una renovación fuerte y decidida, el Tate está condenado a seguir penando partidos como este, repitiendo errores, acumulando frustraciones y quedando atrapado en una mediocridad que parece no tener fin. Y más allá de la cantidad, lo que realmente preocupa es la calidad y el perfil de los refuerzos que deberían llegar. No alcanza con traer nombres por traer, o jugadores que “hagan bulto” en la lista; lo que hace falta son futbolistas con jerarquía, con recorrido, con capacidad de cambiar un partido y, sobre todo, que puedan cubrir las falencias estructurales del equipo. El Tate hoy carece de volantes creativos que puedan generar juego, de delanteros que sean referencias claras dentro del área y de laterales capaces de sumarse con regularidad al ataque sin desproteger la defensa. Cada línea tiene vacíos que, si no se corrigen, condenan al equipo a sufrir siempre lo mismo: desorden, falta de contundencia y cero alternativas cuando algo sale mal dentro del campo. Ocho refuerzos, bien elegidos, no solo equilibrarían el plantel sino que también podrían inyectarle aire fresco, ganas y ambición a un equipo que hace rato perdió esa chispa que le permitía ilusionar a su gente. Por si fuera poco, la urgencia de reforzar el plantel refleja también un problema más profundo: la falta de planificación y de visión estratégica de los que deciden en el club. No se trata solo de dinero ni de capacidad de negociación, sino de comprender de una vez por todas que el fútbol moderno exige anticiparse, evaluar necesidades y cubrir huecos antes de que se conviertan en un problema estructural. En los últimos años, el equipo se quedó estancado en la misma mediocridad, repitiendo nombres, repitiendo errores y apostando a que “algo pase” dentro de la cancha, cuando la realidad es que nada cambia si no hay acciones concretas. Por eso, esos ocho refuerzos que parecen exagerados no son un capricho ni una fantasía: son la condición mínima para empezar a cambiar la historia, para que Unión deje de ser un equipo previsible y limitado y pueda, por primera vez en mucho tiempo, aspirar a algo más que sobrevivir en la mitad de la tabla. Hace algunos días, mientras repasaba los comentarios sobre los amistosos que Unión disputó ante Alianza Lima y Defensores Sporting, leía con cierta sorpresa cómo muchos se enfocaban en el llamado “sello Madelón”, esa especie de marca registrada que se le atribuye al equipo cada vez que sale a la cancha bajo la dirección de Leonardo Madelón. Pero el tema, en realidad, no pasa por el libreto, ni por la supuesta identidad que imprime el entrenador en la formación y la manera de jugar del equipo, sino por algo mucho más profundo y estructural que se refleja en cada partido competitivo. El verdadero problema aparece cuando un adversario logra encontrarle la vuelta al equipo, cuando las estrategias planteadas por el entrenador dejan de funcionar y, ante esa situación, los papeles del director técnico parecen literalmente quemarse, porque no hay recambio, no hay variantes tácticas ni futbolistas que puedan modificar la ecuación dentro del campo. Esa ausencia de alternativas convierte cada dificultad en un obstáculo insalvable y transforma lo que podría ser un partido complicado en un verdadero quebradero de cabeza, evidenciando que todo depende más de un libreto rígido que de la capacidad de adaptación del equipo.
Esto no es algo nuevo ni sorprendente, sino una constante que se repite cada vez que Madelón está al frente del equipo. Históricamente, cada vez que el conjunto rojiblanco se enfrenta a situaciones adversas o rivales que logran descifrar sus movimientos, el ciclo vuelve a empezar: los problemas reaparecen, los errores se multiplican y, al no haber recursos frescos para solucionar estas falencias, se termina dependiendo exclusivamente de la memoria, la experiencia y la resistencia de los mismos futbolistas de siempre. Es un patrón que se ha visto una y otra vez, un círculo que parece imposible de romper, donde los equipos terminan jugando siempre con los mismos nombres, con las mismas carencias y con la misma sensación de improvisación. En ese sentido, no hay nada que indique que esta temporada será distinta a las anteriores; los antecedentes marcan claramente que, tarde o temprano, el libreto se agotará, los rivales descubrirán las debilidades y, ante la falta de recambio, las soluciones serán siempre insuficientes o llegarán demasiado tarde. A pesar de todo, lo rescatable en esta realidad tan rígida y limitada es que, al menos, Unión tiene un techo bajo en el que se encuentra cierta tranquilidad: con todo lo criticable que pueda ser el funcionamiento, lo más probable es que el equipo no descienda. Esa certeza no convierte a los partidos en agradables ni al juego en satisfactorio, pero ofrece un pequeño colchón de seguridad para los hinchas, que pueden mirar con cierta calma las dificultades tácticas y estructurales del equipo sin temer por la pérdida de la categoría. Sin embargo, esa misma “tranquilidad” también refleja la mediocridad a la que el club se ha acostumbrado: un equipo que no aspira a grandes cosas, que sobrevive más que compite y que repite patrones históricos de limitación, dependencia de nombres fijos y falta de creatividad a la hora de afrontar problemas dentro del campo. En definitiva, la reflexión sobre el “sello Madelón” termina siendo secundaria frente a una realidad mucho más evidente: mientras no haya recambios, mientras el libreto siga siendo rígido y mientras el ciclo se repita una y otra vez, no hay nada que nos haga esperar algo diferente de lo que siempre hemos visto. Si analizamos más detenidamente los amistosos frente a Alianza Lima y Defensores Sporting, se puede observar que, más allá de los resultados o de cómo se jugó en ciertas fases del encuentro, lo que realmente refleja la realidad de Unión es la falta de sorpresa y de adaptación. Es decir, el equipo responde a un patrón demasiado previsible, con movimientos ensayados que funcionan únicamente mientras los rivales no logran descifrarlos. Cuando un adversario entiende el libreto, el plan se derrumba casi de manera inmediata y allí es donde se evidencia la fragilidad estructural de este plantel. Los amistosos, que deberían servir para experimentar, probar variantes y generar soluciones a posibles problemas tácticos, terminan mostrándonos lo que ya se venía sospechando: que no hay profundidad en el banco, que las modificaciones son limitadas y que, cuando todo falla, el equipo queda a merced de la creatividad individual de algunos jugadores que, aunque intenten, no siempre pueden cambiar el rumbo de un partido. Esto no es casualidad ni un accidente aislado; es consecuencia de decisiones reiteradas en los mercados de pases, de la falta de planificación a largo plazo y de la dependencia absoluta de un libreto que se repite sin evolución. Sumado a esto, hay que tener en cuenta que la figura de Madelón, por más respetable que sea por su trayectoria, tiene un límite evidente que se repite en cada ciclo que dirige: su capacidad para reinventar un equipo en pleno partido es limitada, y eso, sumado a la escasez de recambios, termina generando un patrón cíclico de frustración. Cada vez que el equipo se encuentra en una situación comprometida, los mismos errores vuelven a aparecer, y los hinchas se ven obligados a aceptar que los problemas no se solucionan desde el banco, sino que se arrastran inevitablemente hacia el resultado final. El desgaste no es solo táctico o futbolístico, sino también mental: jugadores, cuerpo técnico y hasta los propios seguidores sienten que todo se repite, que el ciclo nunca cambia y que la sensación de impotencia termina siendo un sello más del club que de un partido puntual. Por eso, hablar de “sello Madelón” en estos términos no debería interpretarse como un elogio, sino como una advertencia sobre la previsibilidad y la limitación que caracteriza al equipo desde hace años. Aun así, dentro de toda esta preocupación estructural y de la crítica lógica al planteo, existe un punto que, aunque modesto, puede considerarse positivo: la casi certeza de que, con este plantel y este manejo, Unión difícilmente descienda. Esa estabilidad mínima, aunque sea insuficiente para generar entusiasmo o expectativas de crecimiento, permite mantener al club en una zona de relativa seguridad, evitando los extremos y el riesgo de una catástrofe deportiva. Sin embargo, esa “tranquilidad” es doblemente peligrosa: por un lado, ofrece un colchón que evita crisis inmediatas; por otro, alimenta la mediocridad y la falta de ambición, consolidando la idea de que el equipo puede sobrevivir con lo mínimo, sin generar evolución ni buscar soluciones profundas a los problemas que todos conocen. Mientras no se produzca un cambio real —ya sea en la planificación, en la búsqueda de refuerzos, en la renovación del libreto o en la visión estratégica del club—, no hay razón para esperar algo distinto a lo que siempre hemos visto: un ciclo que se repite, partidos previsibles, limitaciones estructurales y la sensación de que la historia del Tate no cambia, a pesar de los años, los nombres y las promesas de renovación. Lo más preocupante de todo este panorama es que, mientras se discuten amistosos, se analiza el rendimiento del equipo y se habla de un “sello Madelón” que muchos veneran como sinónimo de identidad, la realidad estructural del club es completamente distinta y mucho más preocupante: en Unión no hay proyecto, no hay estrategia, no hay planificación y, lo que es peor, no hay intención de que la haya. Cada decisión, desde la presidencia hasta la elección de los jugadores, parece pensada exclusivamente en términos de conveniencia económica, favoreciendo intereses privados sobre los deportivos y relegando al club a un segundo plano. Así, se termina priorizando colocar a ciertos futbolistas que no aportan nada al equipo —como Palavecino, que en la cancha es la nada misma— mientras se ignoran oportunidades de potenciar patrimonio, de invertir en jóvenes con proyección, de equilibrar líneas o de generar recambios que permitan al plantel adaptarse a los desafíos de un torneo competitivo. Esta lógica de supervivencia económica a corto plazo convierte cada mercado de pases en un ejercicio de improvisación, donde los refuerzos no responden a necesidades futbolísticas concretas sino a negociaciones detrás de escena que benefician a unos pocos. Por eso no es casualidad que, cada vez que el equipo se enfrenta a situaciones complejas dentro del campo, el libreto se agote, los rivales encuentren rápidamente las falencias y el director técnico —por más experiencia que tenga— se quede sin respuestas efectivas, sin recursos ni alternativas que puedan modificar el rumbo de un partido. Esa es la consecuencia inevitable de un modelo que privilegia el dinero sobre la gloria, el interés personal sobre el colectivo y la improvisación sobre la planificación, y explica por qué Unión parece atrapado en un ciclo interminable de mediocridad: partidos predecibles, resultados irregulares, frustración de los hinchas y una sensación de estancamiento permanente que ya no sorprende a nadie, sino que se acepta como la única realidad posible. A esto se suma la complicidad institucional, donde figuras históricas de la dirigencia y del cuerpo técnico, que deberían velar por el crecimiento del club y por su legado, terminan formando parte de un entramado donde los intereses personales priman sobre cualquier ambición deportiva. La presencia de Bragarna, los movimientos del presidente y las decisiones tácticas del DT se combinan para crear un escenario donde la falta de transparencia, la priorización del dinero y la ausencia de visión a largo plazo son la regla y no la excepción. Mientras los clubes competidores invierten en infraestructura, en scouting, en juveniles y en planificación estratégica, Unión se limita a sobrevivir, a mantener su lugar en la tabla y a sostener un discurso vacío de continuidad o de progreso. Esa misma lógica explica por qué los ciclos de Madelón siempre terminan siendo previsibles: los problemas se repiten, los errores persisten y, cuando los rivales encuentran la vuelta, el equipo se derrumba porque no hay recursos ni recambio, y porque todo está diseñado para proteger intereses individuales en lugar de fortalecer al conjunto. En ese contexto, la frase “a nadie le importa Unión” deja de ser una exageración o un grito de hincha frustrado y se convierte en una descripción precisa y dolorosa de la realidad: el club existe, sí, pero no como proyecto colectivo ni como institución que busca crecer, sino como vehículo donde se prioriza el beneficio personal, donde se ignoran las necesidades futbolísticas y donde la mediocridad se institucionaliza como modus operandi. Y, en última instancia, esto tiene consecuencias que van mucho más allá del resultado de un partido o de la posición en la tabla: afecta la identidad del club, desanima a los jóvenes talentos que podrían potenciar el plantel, erosiona la paciencia y la ilusión de los hinchas y transforma a Unión en un club atrapado entre la historia que supo construir y un presente que no hace más que reproducir errores, improvisaciones y prioridades económicas que poco tienen que ver con la pasión, la competitividad o la gloria deportiva. Cada decisión que se toma, cada alineación y cada mercado de pases refleja esa lógica, y mientras no haya un cambio real, profundo y estructural en la conducción, la situación no tiene visos de mejorar: se seguirá repitiendo el mismo libreto, se continuará priorizando dinero sobre fútbol y, mientras los jugadores que realmente podrían marcar la diferencia sean ignorados, el club seguirá condenado a sobrevivir en lugar de crecer. El saldo final es claro, contundente y triste: en Unión, nadie busca realmente la gloria, nadie construye para el futuro y, por más que algunos partidos puedan ser aceptables o los resultados temporales den cierta calma, la realidad estructural es que el club está manejado por intereses privados, atrapado en la mediocridad y condenado a repetir una historia de conformismo y negligencia que hace años dejó de ser casualidad y se transformó en tradición.

Escuchando la conferencia de prensa de Madelón, en la que se le preguntó cuál era el objetivo de Unión para esta temporada, llamó la atención su respuesta: “seguir sumando y creciendo”. Esa frase, que a simple vista puede parecer correcta o esperanzadora, en realidad denota un discurso vacío y precario, una declaración que refleja cautela excesiva y falta de ambición real para un club que, más allá de las urgencias de mantener la categoría, necesita proyectarse hacia objetivos más grandes. La llegada de Leonardo Madelón a Unión para encarar su cuarto ciclo generó, en su momento, un impacto inmediato y positivo: logró ordenar al equipo, recuperar la identidad perdida y sacarlo rápidamente de los puestos de descenso, estabilizando un plantel golpeado por la irregularidad y la presión de una situación límite. Su mérito fue enorme, ya que con tres fechas de anticipación consiguió la permanencia, un logro que no puede subestimarse considerando la urgencia, la presión y el desgaste emocional que debieron soportar tanto jugadores como cuerpo técnico. Sin embargo, cuando la situación parecía ofrecer una posibilidad concreta de dar un paso histórico y proyectar al club hacia instancias de mayor relevancia, la ilusión se frenó abruptamente, dejando un sabor agridulce que aún persiste entre los hinchas y los analistas del fútbol local. El cierre de la fase de grupos de la Copa de la Liga dejó en claro las limitaciones de este ciclo. Unión finalizó segundo en la Zona A, con un cuadro favorable para acceder a la final, la ventaja de la localía asegurada en todas las instancias hasta un eventual viaje a Santiago del Estero y la posibilidad de proyectarse hacia un objetivo mayor. Sin embargo, cuando llegó el momento de confirmar ese crecimiento, el equipo se quedó corto: cayó 2-1 ante Gimnasia en el estadio 15 de Abril y quedó eliminado en el primer cruce. Ese golpe no solo expuso limitaciones futbolísticas concretas, sino que también reactivó una pregunta recurrente en el mundo tatengue: ¿es Madelón el técnico indicado únicamente para salvar al equipo de situaciones límite, o también tiene capacidad para conducir a Unión hacia un título? Esta interrogante refleja la tensión histórica entre la efectividad en la urgencia y la duda frente a la ambición, una dualidad que ha acompañado al club en los ciclos del entrenador y que se vuelve central cuando se evalúa su capacidad para trascender la estabilidad y aspirar a logros superiores. La efectividad de Madelón en términos de estabilidad es incuestionable. Reconstruyó un equipo golpeado, lo hizo competitivo y logró que los jugadores recuperaran confianza y disciplina, dos factores que fueron esenciales para mantener la categoría y dar sensación de solidez en la fase regular del torneo. Sin embargo, cuando la exigencia dejó de ser solo mantener el nivel y pasó a requerir jerarquía, mentalidad ganadora y capacidad de adaptación frente a adversarios que dificultan los caminos habituales del equipo, Unión no respondió. Incluso desde lo discursivo, el entrenador mostró cautela: evitó mencionar la palabra “campeón” cuando se le consultó por el sueño grande, un gesto interpretado por los hinchas como conservador, prudente y, en cierta medida, resignado. La lectura detrás de sus declaraciones indica que Madelón prioriza la estabilidad sobre la ambición, lo que, si bien ha sido útil para garantizar permanencia y resultados razonables, se convierte en un límite cuando se busca trascender y competir por objetivos mayores.
Este 2026 se presenta como una oportunidad única, tal vez irrepetible, para Leonardo Madelón, un año en el que contará con herramientas fundamentales que hasta ahora, en ciclos anteriores, no había tenido en plenitud. Por un lado, dispondrá de una pretemporada completa, con posibilidad de realizarla en Uruguay, lo que permitirá al cuerpo técnico trabajar de manera intensiva en la preparación física, táctica y colectiva del plantel, corregir errores del pasado y establecer un estilo de juego más sólido y definido antes del inicio de la competencia. Este tiempo de preparación, que en temporadas anteriores fue insuficiente o interrumpido por compromisos inmediatos, ofrece la chance de consolidar ideas, ensayar variantes estratégicas y, sobre todo, construir un equipo con cohesión, dinámica y equilibrio, algo que resultó evidente en la falta de recambio y en la rigidez táctica que mostró el equipo en partidos decisivos. Por otro lado, Madelón tendrá un mercado de pases amplio y planificado, la oportunidad de reforzar las líneas débiles del plantel y corregir falencias que quedaron expuestas cuando la exigencia superó la urgencia: en el ciclo anterior, los refuerzos fueron escasos, y los que llegaron no lograron responder a las necesidades del equipo, quedando solo Tarragona y Tagliamonte como incorporaciones que rindieron. La responsabilidad sobre el éxito de estas decisiones recae directamente en él y en la dirigencia: la precisión en la búsqueda de jugadores, la identificación de perfiles adecuados y la capacidad de armar un plantel competitivo y equilibrado serán factores determinantes para que Unión pueda aspirar a algo más que la mera supervivencia. Este escenario ofrece, además, un contexto único de expectativas y presión, porque el pueblo tatengue, que históricamente ha respaldado al entrenador en sus ciclos, esta vez ha modificado su enfoque y su exigencia. La paciencia que hasta ahora permitió tolerar temporadas de simple estabilidad y victorias de urgencia ha llegado a su límite: los hinchas ya no se conformarán con resultados mínimos ni con la supervivencia en la categoría; la exigencia ahora apunta a la construcción de un proyecto ambicioso, sólido y ganador. El desafío que enfrenta Madelón no es menor: debe demostrar si puede conducir al club hacia un salto de calidad definitivo, si está preparado para transformar la estabilidad que logró en los años anteriores en un proyecto con jerarquía, carácter y hambre de gloria. Ya no basta con asegurar la permanencia o con superar la presión de la urgencia; esta temporada requiere liderazgo, planificación, innovación táctica y la capacidad de generar un equipo que transmita confianza, seguridad y determinación en cada encuentro. En ese sentido, el 2026 no es un año más, sino un punto de inflexión que puede marcar la diferencia entre consolidar un ciclo limitado o construir un legado que trascienda las expectativas inmediatas. El éxito de este proyecto dependerá, en gran medida, de la habilidad de Madelón para combinar su capacidad reconocida de orden y solidez con una mentalidad ganadora, decisiones tácticas innovadoras y gestión estratégica de los recursos humanos. La historia reciente de Unión evidencia que la solidez por sí sola no alcanza cuando se enfrenta a rivales que plantean dificultades específicas, cierran caminos ofensivos y exigen creatividad, adaptabilidad y jerarquía colectiva; por eso, esta temporada se vuelve decisiva para demostrar si Madelón puede superar los límites que históricamente lo han definido como un técnico capaz de salvar situaciones críticas pero con restricciones cuando la ambición y la exigencia aumentan. Si logra identificar correctamente a los jugadores que aporten soluciones reales, potenciar sus fortalezas, corregir debilidades y transmitir un mensaje claro de hambre de conquista y ambición, el club podrá ilusionarse con algo más que simples victorias de urgencia, con algo más que sobrevivir: podrá proyectarse hacia un Unión competitivo, protagonista y capaz de dejar una huella en la historia de su propia institución. Este es el desafío: transformar la experiencia acumulada y la solidez táctica en un salto cualitativo que permita al equipo no solo existir en la cancha, sino imponerse, marcar la diferencia y asumir la categoría de candidato. En última instancia, la temporada 2026 no es solo un desafío deportivo, sino también simbólico y estratégico: representa la posibilidad de redefinir el ciclo de Madelón en el club, de romper con la idea de un entrenador limitado a salvar situaciones críticas y demostrar que puede liderar un proyecto ambicioso, coherente y con resultados tangibles. La historia le ofrece esta oportunidad y el respaldo del pueblo tatengue es claro, pero condicionado: la paciencia y el crédito ganados en temporadas anteriores ahora están supeditados a un rendimiento que vaya más allá de la simple permanencia. El objetivo es claro, exigente y desafiante: transformar a Unión en un equipo que combine identidad, orden, compromiso y jerarquía con ambición, hambre de gloria y capacidad de competir en niveles superiores. Si Madelón logra esto, no solo habrá aprovechado la oportunidad única que le brinda esta temporada, sino que podrá inscribir su nombre en la historia del club como aquel técnico que no solo salvó, sino que elevó al Tate hacia un plano superior, capaz de aspirar a la grandeza y a consolidar un proyecto de largo plazo que deje huella en la institución y en sus hinchas.
Lo que no puede pasarse por alto en este análisis del inicio de temporada y del desafío que enfrenta Madelón es la evidente desconexión entre los discursos del entrenador y las legítimas expectativas del hincha. Durante años, el pueblo tatengue ha demostrado una paciencia casi inquebrantable; soportó descensos cercanos, procesos de recambio frustrados, planteles limitados y decisiones dirigenciales que muchas veces parecieron improvisadas o poco ambiciosas. Esa paciencia, que debería ser valorada como un activo histórico, ha llegado a un punto en el que pedir más tiempo o comprensión al hincha resulta no solo fuera de lugar, sino hasta una falta de respeto hacia quienes siguen al club con fidelidad absoluta. La exigencia que hoy tiene la tribuna no es caprichosa ni irreal: es la consecuencia de décadas de espera, de frustraciones acumuladas y de temporadas en las que la ilusión se quedó siempre a medio camino. Por eso, cuando se habla de proyectar un salto de calidad para el 2026, la narrativa no puede girar en torno a la necesidad de paciencia; el mensaje tiene que ser diametralmente opuesto: hay que transmitir ambición, hambre de gloria y un compromiso real con ofrecerle a los hinchas la alegría que merecen después de años de espera y de sufrimiento contenida. El hincha de Unión ya no quiere explicaciones ni discursos conservadores: quiere resultados que valgan, partidos que queden en la memoria y un proyecto que realmente aspire a trascender. Cada entrenamiento, cada pretemporada, cada refuerzo y cada decisión táctica del cuerpo técnico será observado con lupa, porque la paciencia histórica del público ya se agotó en términos de tolerancia pasiva; ahora lo que demanda es evidencia de ambición y de capacidad para competir al más alto nivel posible. La llegada de la pretemporada completa en Uruguay y la oportunidad de reforzar las líneas más débiles del plantel no son meras facilidades logísticas o estratégicas: representan la posibilidad concreta de transformar un discurso en acciones, de demostrar con hechos que la paciencia acumulada por el hincha no ha sido en vano y que, finalmente, existe un plan que busca dar alegrías, consolidar jerarquía y construir un Unión protagonista. Pedir más paciencia, en este contexto, sería una falta de conexión con la realidad de la tribuna; lo que el hincha exige es que las herramientas estén bien utilizadas, que las decisiones sean certeras y que el equipo empiece a devolver con rendimiento, garra y resultados lo que la hinchada viene ofreciendo incondicionalmente durante tanto tiempo. En ese sentido, la exigencia que se coloca sobre Madelón y la dirigencia es doble: no solo deben garantizar estabilidad y coherencia deportiva, sino también generar emociones, confianza y la sensación de que Unión no se conforma con sobrevivir, sino que busca conquistar, sorprender y dejar su marca. El crédito del entrenador, que ha logrado ordenar al equipo y salvarlo de situaciones límite, no puede interpretarse como una licencia para mantener discursos conservadores o mediocres; al contrario, debería servir como base para exigir un salto de calidad en lo táctico, lo estratégico y lo emocional. El hincha ya ha dado lo que podía dar en términos de paciencia, ahora le toca al club y a su cuerpo técnico transformar esa fidelidad histórica en alegrías concretas, resultados memorables y un proyecto que, por primera vez en mucho tiempo, combine identidad, orden y compromiso con ambición, jerarquía y hambre de gloria. Por eso, este 2026 no puede ser simplemente otro año de estabilidad o de superación mínima de urgencias: tiene que ser la temporada en la que Unión comience a devolverle a su gente algo que vaya más allá de la supervivencia, algo que justifique décadas de espera, frustraciones contenidas y fidelidad inquebrantable. La paciencia del hincha ya es histórica y no necesita ser renovada; necesita, en cambio, ser recompensada con un proyecto coherente, con actuaciones que inspiren, con refuerzos que rindan y con decisiones tácticas que demuestren que este club ya no está dispuesto a conformarse con lo mínimo. En otras palabras, el desafío de Madelón, y de todos los responsables del proyecto deportivo, no es ganar tiempo ni pedir comprensión, sino generar alegrías reales, construir ilusión y demostrar que, por fin, la paciencia acumulada por generaciones de tatengues ha encontrado una respuesta tangible en el rendimiento y la ambición del equipo.
Primer tiempo de Unión y Platense
Jugar a la pelota sin el balón es, en cierto sentido, un acto que desafía la lógica elemental del fútbol, y podríamos compararlo con hacer gárgaras estando boca abajo: una acción que parece tener sentido solo cuando se la contempla desde un ángulo creativo, absurdo y paradójico. Esta misma idea de lo aparentemente irracional, pero estratégicamente eficaz, se puede aplicar al fútbol brasileño de mediados del siglo XX, un fútbol que se caracterizó por su capacidad para amalgamar creatividad, improvisación y movimientos antiposicionales dentro de estructuras colectivas cuidadosamente planificadas. Desde los años 30, cuando el húngaro Dori Kürschner llegó a Brasil, se produjo un cambio profundo en los sistemas ofensivos del país: la llegada de este técnico europeo, formado en la tradición táctica centroeuropea, obligó a los equipos brasileños a adaptarse a la nueva ley del fuera de juego y a implementar esquemas como la WM, un sistema que no solo ofrecía un patrón estructurado de compensaciones, sino que también permitía la introducción de un fútbol de posesión con variaciones de movimientos, anticipando en muchos aspectos lo que luego sería considerado el sello del “jogo bonito”. Esta combinación de orden y creatividad no fue un accidente; coincidía perfectamente con la forma brasileña de jugar al fútbol, basada en atraer, amagar y engañar al adversario mediante la habilidad individual, el ritmo y la sorpresa constante. La riqueza física y anatómica del jugador brasileño —con tobillos delgados, pantorrillas fuertes y cinturas flexibles— ofrecía un repertorio natural para la gambeta, la velocidad y la potencia explosiva, pero lo más importante era que estos atributos físicos se complementaban con un instinto colectivo para la improvisación dentro de estructuras de juego que, aunque parecían caóticas, tenían lógicas internas extremadamente sofisticadas. En este contexto, los jugadores brasileños se distinguían por su imaginación e ingenio, generando soluciones insólitas para cada jugada, con un estilo que los europeos solían percibir erróneamente como “desordenado” o “irresponsable”. Contrario a lo que algunos mitos sugieren, este fútbol improvisado nunca carecía de organización: incluso en sus versiones más libres, los equipos brasileños lograban una coordinación colectiva que les permitía mantener superioridad en el espacio y en el tiempo de juego. Durante la Copa del Mundo de 1950, Brasil ya utilizaba la WM, pero con una flexibilidad inédita: los cuatro mediocampistas rotaban constantemente entre el cuadrado y el rombo, ajustando su posición a la ubicación de la pelota, con libertad casi total para moverse y generar superioridad en distintos sectores del campo. Esta experimentación táctica no se detuvo allí; ocho años más tarde, inspirado por la Hungría de 1954, el equipo brasileño decidió eliminar a uno de los mediocampistas defensivos para crear lo que se conocería como el “cuarto defensor”, mientras que uno de los mediocampistas ofensivos retrocedía para asumir el rol de armador, como lo hizo Didi. Al mismo tiempo, se conceptualizó la figura del falso punta, un rol que Zagallo interpretó magistralmente, desplazándose entre la defensa y el ataque, retrocediendo a la línea de Didi y Zito para contribuir a la defensa y lanzándose como extremo solo en momentos estratégicos, generalmente en el “lado débil” del ataque o para ganar segundas jugadas. Este esquema, que partía de un 4–2–4, evolucionaba hacia un 4–3–3 asimétrico, mostrando cómo la movilidad, las compensaciones y la creatividad individual podían coexistir con la lógica colectiva del equipo, una combinación que llegaría a su máxima expresión en 1962, cuando Zagallo cedía su espacio por la banda izquierda para que Amarildo se infiltrase y recibiera la pelota, ilustrando la sofisticación de un concepto que integraba el “lado fuerte” y el “lado débil” de la jugada. La concepción brasileña del ataque funcional, profundamente antiposicional en apariencia, consistía en concentrar más jugadores en un sector del campo —el llamado “lado fuerte”— para generar superioridad numérica y producir un juego vertical, con toques cortos, creatividad y desmarques constantes, mientras que el “lado débil” servía como vía de escape o prolongación de la jugada. Ningún equipo encarnó mejor esta idea que el Brasil de 1970: en el gol emblemático de Carlos Alberto Torres en la final contra Italia, podemos observar cómo siete jugadores se alinean en el lado izquierdo —Everaldo, Piazza, Gerson, Clodoaldo, Rivelino, Jairzinho y Tostão—, mientras Pelé ocupa el carril central para gestionar la circulación del balón. Cuando Italia se desequilibra hacia ese “lado fuerte”, Pelé distribuye hacia el “lado débil”, por donde Torres completa la jugada. Este ejemplo refleja cómo el fútbol brasileño mezclaba técnica, imaginación, intuición, movilidad y estrategias antiposicionales para crear superioridad y jugar con el engaño del rival, haciendo del “jogo bonito” no una mera exhibición de talento individual, sino un sistema de juego colectivo altamente funcional. La tradición de agrupar jugadores alrededor del balón, aprovechar los espacios libres mediante desmarques inteligentes y fomentar la asociación continua entre los futbolistas, contrasta fuertemente con las escuelas holandesas o inglesas, más obsesionadas con la ocupación estricta de espacios y la estructura posicional rígida. La evolución de este pensamiento táctico se prolonga a lo largo de las décadas. La selección de 1982 utilizó un ataque funcional que concentraba jugadores en la banda derecha, con Zico, Sócrates, Leandro, Cerezo y Falcão, mientras Júnior ofrecía apoyo desde posiciones interiores. La movilidad de Éder y la amplitud de Júnior permitían superar la presión italiana mediante desmarques, toques cortos y combinaciones inteligentes. En 1994, con un 4-4-2 más rígido, el equipo campeón mostró cómo se podía adaptar el ataque funcional a una estructura más tradicional, pero con la vuelta de Zagallo al mando, el sistema recuperó su carácter distribuido y asimétrico, destacando la importancia de contar con un mediocampista adelantado que pudiera conectar la organización colectiva con la libertad creativa individual. En Argentina, este mismo concepto se manifestó en “La Nuestra” de los años 40, en la que River Plate adoptó un 2-3-5 con múltiples asimetrías: el half derecho se retrasaba para ser un tercer defensor, el defensor centralizaba y el half izquierdo se situaba junto al número cinco. Pedernera actuaba como falso 9, Moreno y Labruna se desmarcaban constantemente, y el wing derecho atacaba hacia adentro, reflejando un fútbol que buscaba la libertad creativa dentro de estructuras colectivas, desafiando la rígida concepción utilitaria importada de Europa. La reinterpretación de estos principios por Menotti en 1978 y luego por Bielsa en la década de 1990 consolidó lo que podríamos llamar una “tercera vía” argentina: un fútbol de posesión y control del espacio que combina libertad individual con organización colectiva, en el que tiempo y espacio son dimensiones inseparables para entender el juego funcional. Finalmente, es importante subrayar que estos sistemas, ya sean brasileños o argentinos, no deben reducirse a simples etiquetas como “Fútbol Total” o “jogo bonito”; se trata de tipologías que establecen premisas sobre movilidad, compensación, ocupación de espacios, superioridad numérica y creatividad dentro del marco colectivo, dejando claro que cualquier intento de imitar mecánicamente estas filosofías ignora la riqueza de lo impensado, la interacción dinámica y el ingenio humano que siempre ha sido la esencia de un juego verdaderamente bien ejecutado. Desde Platense hasta Brasil 1970, pasando por River en los años 40, queda evidente que la historia del fútbol está marcada por la búsqueda constante de equilibrio entre lo estructural y lo imprevisible, entre lo posicional y lo funcional, y que cada entrenador, cada equipo y cada generación aporta matices que enriquecen el juego, demostrando que la teoría y la práctica se entrelazan en un ballet interminable, donde el verdadero protagonismo recae en la capacidad del jugador para interpretar, inventar y adaptarse dentro de un marco colectivo.
¿Qué queremos decir con esto? Que Platense, lejos de limitarse a plantear un partido seguro y ordenado, pensando en esperar a Unión para salir de contra, decidió desde el primer minuto imponer un estilo agresivo y ofensivo, atacando a su rival con determinación y buscando constantemente desbordar y generar situaciones de gol. Tal fue la intensidad del arranque del equipo dirigido por Walter Zunino que, antes de que transcurriesen siquiera cinco minutos de juego, Platense ya merecía estar en ventaja por 1-0, un resultado que no se concretó únicamente gracias a la intervención de Matías Mansilla (7) el arquero de Unión, quien se mostró desde el inicio como una garantía bajo los tres palos. En apenas los primeros segundos del partido, ya se pudo percibir la diferencia entre un equipo que toma la iniciativa y otro que se ve sorprendido por la presión rival: a los 12 segundos, Mainero se filtró por la derecha tras una buena triangulación de Platense y remató, encontrándose con la estirada felina de Mansilla, quien evitó el primer gol, mientras que poco después, tras una pifia en la salida de Valentín Fascendini, Heredia sorprendió con un remate de media distancia y nuevamente el arquero se lució enviando el balón al córner. Estas intervenciones, además de mantener a Unión en el juego, provocaron los primeros aplausos de la hinchada y marcaron un claro mensaje: a pesar del desconcierto inicial del equipo tatengue, Mansilla estaba allí para mantenerlo a flote, demostrando seguridad no solo en la estirada sino también a la hora de descolgar centros, lo que impedía que Platense capitalizara inmediatamente su dominio en el juego aéreo.

Desde lo táctico, Unión parecía completamente superado por la propuesta de Platense, incapaz de cruzar la mitad de la cancha con fluidez y sintiéndose varias marchas por debajo en intensidad y ritmo. La presión alta del Calamar generaba constantes incomodidades en la salida tatengue; los dirigidos por Madelón sufrían al ver cómo les ganaban las espaldas en la zona media y, en consecuencia, cada intento de progresar se convertía en un riesgo de pérdida y en una oportunidad de contraataque para Platense. Pese a que el equipo visitante llevaba una racha de once partidos sin triunfos, los dirigidos por Zunino mostraban un toque de pelota muy interesante y coordinado, con Guido Mainero desempeñándose como pieza clave en la construcción de juego: arrancaba abierto para generar amplitud, pero al cerrar sin balón retrocedía hasta la línea de volantes para estructurar un 4-4-1-1 que equilibraba defensa y ataque, y cuando surgía la posibilidad, aprovechaba los espacios libres para sumarse a la ofensiva sin necesidad de encarar directamente. Además, Francisco Zapiola, actuando como enganche, se movía entre líneas con libertad, cumpliendo una doble función: conectar al equipo en situaciones de largo alcance cuando Platense se encontraba estirado y sorprender entrando al área como llegador inesperado. Esta dinámica, combinada con la recuperación constante de los rebotes y las segundas jugadas, mostraba un Platense muy concentrado en dominar todas las facetas del partido, mientras que Unión parecía carecer de coordinación y consistencia en la administración de la pelota, recurriendo muchas veces a pelotazos hacia Cristian Tarragona (5), quien se veía obligado a bajar para participar del juego y disputar la posesión en la mitad de la cancha, luchando más de lo que efectivamente podía generar ofensivamente. La falta de juego interior y la escasa llegada desde segunda línea seguían siendo un problema recurrente para Unión, algo que no parecía haber cambiado respecto a la temporada anterior. Mateo Del Blanco (5) tuvo algunas apariciones esporádicas en el primer tiempo, incluso contó con una oportunidad clara para marcar, pero su disparo se fue cerca del palo y, más allá de esta acción aislada, participó poco en ataque y mostró ciertas dificultades en defensa frente a jugadores como Mainero, evidenciando que aún tiene un margen importante de mejora. Mientras tanto, Platense seguía consolidando su presión y superioridad numérica en los sectores más peligrosos, aprovechando cada pérdida de Unión para intentar capitalizar situaciones de gol y manteniendo un control casi absoluto del partido en esos primeros minutos. La sensación general, entonces, es que el equipo de Zunino no solo había impuesto su ritmo y su propuesta ofensiva, sino que también había logrado desestructurar a Unión con combinaciones rápidas, movimientos de rotación y control de espacios, dejando claro que la diferencia de preparación, agresividad y lectura de juego en el inicio del encuentro favorecía completamente al Calamar, mientras que los tatengues parecían intentar reaccionar sin encontrar herramientas para contrarrestar la propuesta rival. La única manera en que Unión podía generar algún tipo de incomodidad o complicar el desarrollo del juego a Platense era mediante una presión alta, intentando cortar la salida del rival y obligarlo a errores en la zona media o defensiva; sin embargo, esta estrategia nunca terminó de consolidarse ni de dar frutos, porque el equipo santafesino carecía de coordinación y efectividad en la presión, lo que le impedía realmente dominar el partido. Cada intento de Unión por acercarse al área rival se veía neutralizado con rapidez por Platense, que aprovechaba la movilidad de sus jugadores y la ocupación inteligente de los espacios libres para superar la primera línea de presión con suma facilidad. Además, el dueño de casa cometía un riesgo constante al quedar demasiado expuesto, porque pese a que atacaba con un número considerable de jugadores y se animaba a jugar de igual a igual, las transiciones rápidas del Calamar eran letales; cualquier pérdida de balón generaba contragolpes veloces y directos que ponían en evidencia las debilidades de Unión en repliegue, dejando espacios amplios que los atacantes rivales aprovechaban con decisión. La combinación de una presión descoordinada y de una defensa que quedaba demasiado adelantada hacía que el equipo santafesino no solo no pudiera dominar, sino que además se viera obligado a replegarse constantemente para intentar mantener el equilibrio, algo que Platense explotaba de manera sistemática gracias a su lectura del juego y a la velocidad de sus transiciones. Dentro de este contexto, la actuación individual de algunos jugadores se volvió determinante para entender las dificultades de Unión en el primer tiempo. Rafael Profini (4) por ejemplo, tuvo una jornada complicada: le costó hacer pie desde el inicio del partido, y su influencia en la construcción de juego fue limitada. En varias situaciones no logró cumplir con la función de “primer pase” que se esperaba de él, lo que redujo la capacidad del equipo de avanzar con criterio y velocidad; además, en algunos momentos falló en la contención, dejando espacios que Platense supo explotar con combinaciones rápidas y movilidad constante entre sus volantes y delanteros. Esta falta de solidez en el mediocampo terminó condicionando la propuesta ofensiva de Unión, obligando a Madelón a realizar ajustes y cambios estratégicos al inicio del segundo tiempo, buscando arriesgar más y compensar las limitaciones del primer tiempo. La sustitución de Profini fue parte de una decisión táctica para intentar dotar al equipo de mayor dinamismo y equilibrio, pero la evidencia estaba clara: mientras Platense manejaba con eficacia los tiempos de presión, la estructura y los movimientos de ataque, Unión se veía desbordado, con poca capacidad de respuesta frente a las transiciones rápidas del rival y dificultades para mantener posesión y profundidad de manera constante. El primer tiempo dejó en claro que Platense tenía un control absoluto sobre la dinámica del partido, no solo por su capacidad para superar la presión alta, sino también por la manera en que aprovechaba las debilidades estructurales de Unión, exponiéndolo a contragolpes veloces y al desgaste físico de sus jugadores. Mientras el equipo de Zunino lograba generar superioridad en diferentes sectores del campo, los tatengues carecían de los mecanismos necesarios para controlar la posesión y equilibrar la presión, con jugadores como Profini que no lograban consolidar su influencia ni aportar seguridad ni criterio en la distribución del balón. Esta combinación de factores, sumada a la velocidad y eficacia de las transiciones de Platense, configuró un escenario donde Unión nunca logró imponerse ni acercarse a un dominio sostenido del partido, dejando en evidencia las diferencias de preparación, lectura táctica y ejecución entre ambos equipos en el arranque del encuentro.
Los últimos minutos del primer tiempo, Unión empezó a tener la pelota, pero el ritmo era bajo. El partido ya había ingresado en una fase más posicional. Unión ocupó el campo rival, pero con poca gente por delante de la línea de la pelota, una circulación horizontal. En el ataque quedaba 3-4-2-1, mucho control pero poca profundidad. El déficit que veo que no puede o no quiere corregir Madelón es la distancia larga que hay entre las líneas, la falta de rupturas internas y ataques muy previsibles por las bandas. Platense estaba cómodo porque no lo atacaban por dentro. Además, como suele suceder cada vez que Unión juega de local, tratan de controlar las subidas de Lautaro Vargas (3). Fue uno de los protagonistas más difíciles de analizar del partido, porque su desempeño reflejó tanto virtudes individuales como las limitaciones estructurales que Unión mostró a lo largo del encuentro. Walter Zunino planteó un partido muy inteligente, como suele suceder cada vez que un técnico se enfrenta a Unión: lo estudian hace tiempo, conocen sus movimientos, saben cuáles son los puntos fuertes y las vulnerabilidades del equipo tatengue, y, en consecuencia, logran neutralizar las proyecciones más peligrosas con gran eficacia. En este caso, la víctima directa fue nuevamente el lateral derecho, y, por extensión, todo el costado derecho del equipo. El rosarino, que normalmente tiene la capacidad de generar desequilibrio, de explotar los espacios y de combinar con Palacios para formar un tándem ofensivo sólido por esa banda, se encontró con múltiples obstáculos que prácticamente lo limitaron a un rol defensivo y reactivo. La dinámica que se esperaba de él no se concretó: no pudo proyectarse con libertad hacia el ataque, no encontró asociaciones claras ni líneas de pase fluidas, y terminó prácticamente aislado en gran parte del partido. Sufrió demasiado la movilidad y los recursos ofensivos del rival, en particular la dinámica de Gauto, quien estuvo muy abierto por la izquierda y buscó constantemente el uno contra uno, generando superioridad numérica y obligando al lateral derecho a decisiones rápidas y riesgosas. La diagonal que Mainero intentó al segundo palo también complicó al Tate, porque la coordinación defensiva no fue suficiente para cubrir simultáneamente las proyecciones de los extremos y la penetración de los mediocampistas ofensivos rivales. En este contexto, Gauto, de los tres volantes del 4-2-3-1, el más ofensivo y probablemente el que más intentó romper líneas, pero incluso su rol de volante creativo se vio limitado por la presión rival y la falta de complementos claros para generar progresión. La dificultad para establecer un juego asociativo con Palacios limitó sus alternativas: no hubo diagonales fluidas, no hubo doble línea de apoyo, y las acciones individuales se diluyeron ante la eficacia del planteo defensivo del equipo contrario. Su participación ofensiva quedó, entonces, constreñida a intentos aislados que no pudieron generar profundidad ni desequilibrio consistente, lo que habla de la necesidad de mayor soporte táctico y de un planteo que permita a Vargas explotar su capacidad de conducción y desborde. Con la entrada de Estigarribia, la situación mostró cierto cambio, aunque parcial y limitado. El Tate adelantó líneas y se animó a progresar con más decisión por la banda derecha, intentando centros hacia atrás y algunos intentos de desbordes que podrían haber generado superioridad en el tercio final. Sin embargo, estas acciones no alcanzaron la profundidad deseada: la movilidad rival seguía controlando los espacios, y la coordinación entre Vargas, Estigarribia y Palacios nunca llegó a consolidarse como un circuito peligroso y constante. Así, aunque se percibió un atisbo de reacción y la intención de mejorar el rendimiento por la derecha, el equipo no logró traducir esa progresión en oportunidades de gol claras ni en superioridad ofensiva sostenida.

Por su parte, el Calamar fue un equipo que se paró 4-1-4-1 en defensa, con líneas muy juntas, carril central cerrado. En el contexto general del encuentro, Zapiola tomaba a Rafael Profini. Por eso Platense dominó con y sin pelota permitiendo que Unión no logre progresar. ¿Qué buscó Platense? que el Tate se adelante, robe y salir rápido para aprovechar el desorden. En ese sentido, hubo un buen primer tiempo de Maizón Rodríguez (6,5): se terminó convirtiendo en uno de los pocos puntos altos de un empate que, por momentos, se sintió más agridulce que otra cosa, pero en su caso no hubo lugar a matices: el uruguayo fue absolutamente impasable a lo largo de los 90 minutos, demostrando una solvencia defensiva que pocas veces se ve con tanta claridad. Desde el arranque, se lo notó concentrado, atento a cada movimiento de Mainero, el delantero más peligroso que alineó Walter Zunino, y dejó en evidencia por qué es considerado un referente en el fondo del equipo. Cada vez que el atacante de Platense buscaba algún espacio, alguna diagonal o intentaba descargar hacia algún compañero,estaba ahí, firme, ocupando el lugar correcto, anticipando movimientos y ejerciendo una presión limpia pero contundente. Su desempeño no se limitó a los duelos individuales: logró coordinarse con los demás defensores, mantuvo la línea de cuatro casi perfecta, y se encargó de darle seguridad a un equipo que, en ciertas etapas, podía sentirse algo expuesto por los laterales y la movilidad de los volantes rivales. Fue, sin dudas, una demostración de control, inteligencia y oficio, que permitió que Unión no sufriera más allá de lo inevitable y que, aunque el resultado final haya sido un empate, el rendimiento de Rodríguez quede grabado como un ejemplo de lo que significa ser un central confiable, seguro y con temple para partidos exigentes. El primer tiempo de Maizón fue particularmente notable porque, además de su solidez defensiva, tuvo que asumir un rol complementario a Lautaro Vargas, quien se encontraba permanentemente sobrecargado por la banda derecha, el sector favorito de Platense para atacar. Cada vez que Gauto buscaba la espalda de Vargas o intentaba asociarse por ese costado, Maizón debía relevarlo, cubrir la espalda del lateral y, al mismo tiempo, mantener la línea defensiva sin dejar huecos. Y lo hizo con una efectividad pasmosa: no solo interceptó pases y bloqueó diagonales, sino que además anticipó situaciones de riesgo antes de que se convirtieran en acciones peligrosas, demostrando lectura de juego, timing y una concentración que no se vio afectada por la intensidad del partido ni por la movilidad constante del rival. Su despliegue fue tal que, en muchos momentos, daba la sensación de que Platense no podía tocar la pelota con claridad por la derecha, porque sabía que cada intento iba a chocar contra su presencia, su anticipación y su solidez física. En ese sentido, Maizón no solo cumplió su rol de marcador central, sino que se transformó en un auténtico ancla para el equipo, aportando seguridad, confianza y equilibrio en una zona clave del campo, y permitiendo que el resto de los jugadores de Unión se animaran a proyectarse sin temer desguarnecer la última línea. Además, mostró una capacidad destacable para leer la intención del rival y actuar en consecuencia, no solo limitándose a marcar, sino entendiendo los movimientos colectivos de Platense y anticipando posibles asociaciones. Cada vez que el delantero buscaba desbordes, cambios de frente o movimientos diagonales hacia el área, Maizón estaba posicionado estratégicamente para neutralizar la acción, sin necesidad de recurrir a faltas innecesarias ni a soluciones improvisadas que podrían haber comprometido al equipo. Su lectura del juego permitió que Lautaro Vargas, a pesar de sufrir continuamente por su banda, tuviera cierta libertad para intentar progresar en contadas ocasiones, porque sabía que el primer marcador central estaba cubriendo los espacios críticos con una precisión casi quirúrgica. Esta relación de relevo constante entre central y lateral derecho mostró no solo la inteligencia de Maizón, sino también su liderazgo silencioso: no hacía falta gritar ni gesticular, simplemente resolvía, anticipaba y controla2ba, dando seguridad a todo el equipo. El uruguayo jugó un partido de gran oficio, mostrando que cuando un defensor entiende su rol, conoce sus tiempos y se combina con la estructura del equipo, puede neutralizar prácticamente cualquier intento ofensivo rival, incluso cuando la estrategia del adversario estaba claramente dirigida a explotar las debilidades de la banda derecha. Su actuación fue un ejemplo de lo que significa ser un defensor completo en el fútbol argentino: seguro, inteligente, concentrado, tácticamente sólido y capaz de mantener la calma y el control en situaciones de presión, convirtiéndose en un punto de referencia tanto para compañeros como para hinchas, y dejando en claro que, aunque el resultado final haya sido 0-0, su rendimiento fue, sin dudas, uno de los aspectos más positivos del partido.
Cuando Unión tuvo la pelota, su comportamiento respondió de manera absolutamente pragmática y coherente con el plan de partido que había diseñado desde el inicio, un plan que partía de la premisa de defender primero y atacar solo cuando el contexto lo permitiera, sin concesiones estéticas ni ambiciones de control prolongado. En ningún momento intentó construir desde el fondo ni asumir riesgos innecesarios en zonas bajas, tampoco buscó instalarse de forma sostenida en campo rival mediante secuencias largas de pases o estructuras de posesión elaboradas, sino que optó deliberadamente por una verticalidad funcional, entendida no como una búsqueda constante del arco rival sino como una herramienta para ganar metros, aliviar la presión y reordenarse defensivamente. Los envíos directos hacia Cristian Tarragona, las disputas aéreas, las segundas pelotas y las descargas rápidas fueron los recursos prioritarios, no con la intención de generar ataques elaborados, sino de estirar al rival, oxigenar al bloque bajo y, en el mejor de los casos, provocar acciones detenidas —faltas, laterales, tiros libres o córners— que le permitieran adelantar líneas sin perder solidez ni quedar expuesto. Unión leyó con claridad quirúrgica el tipo de partido que se estaba jugando, entendió sus propias limitaciones y fortalezas, y jamás se apartó de ese libreto, incluso en los momentos en los que el rival logró cierto dominio territorial y lo empujó algunos metros más atrás de lo previsto. Platense, por su parte, asumió el protagonismo a partir de la posesión de la pelota y del control territorial, pero nunca consiguió transformar ese dominio aparente en un control real y efectivo del desarrollo del juego. Mantuvo una estructura ofensiva se organizó mayormente en un 2-3-5 durante la fase de ataque posicional, con los centrales bien abiertos para facilitar la salida, laterales proyectados a distintas alturas, un doble pivote escalonado que pretendía dar continuidad a la circulación y una línea de cinco futbolistas ocupando la última línea defensiva rival, con extremos bien abiertos para estirar el campo y un mediapunta como Zapiola flotando entre líneas en busca de recibir libre. En términos teóricos, la ocupación racional de los espacios fue correcta y hasta lógica, pero en la práctica careció de profundidad, sorpresa y desequilibrio. El problema central del equipo de Vicente López fue la ausencia casi total de rupturas coordinadas, tanto de los extremos hacia el interior como de los volantes desde segunda línea, y la escasa utilización del concepto del tercer hombre, lo que provocó que el media punta recibiera casi siempre de espaldas, en zonas congestionadas y con Unión ya perfectamente replegado y cerrando los carriles interiores. Al no lograr fijar a los volantes centrales rivales ni generar ventajas dinámicas que desordenaran el bloque defensivo, Platense terminó atacando de manera excesivamente frontal, previsible y cómoda para un equipo que se sentía a gusto defendiendo en bloque medio-bajo. La circulación del conjunto visitante fue prolija y ordenada, pero también excesivamente lenta y carente de cambios de ritmo que pudieran alterar la estructura defensiva de Unión, con demasiados pases horizontales, escasa verticalidad y muy poca agresividad en los metros finales. La pelota se movía de un lado a otro, pero no atraía ni desorganizaba; los jugadores rotaban posiciones, pero no rompían al espacio; y el equipo progresaba en metros, pero no en peligro real. Cada avance parecía confirmar la comodidad defensiva del local, que nunca se vio obligado a modificar la altura de su bloque, ni a saltar líneas de presión, ni a asumir riesgos innecesarios. Los ataques por banda fueron reiterativos y fácilmente anticipables: extremos recibiendo siempre al pie y de espaldas al arco, laterales llegando tarde o mal perfilados, y centros forzados desde posiciones poco favorables y sin una ocupación racional del área. No hubo ataques consistentes al primer palo, ni llegadas limpias desde segunda línea, ni superioridades numéricas en la zona de definición, por lo que la mayoría de los envíos terminaron resolviéndose sin mayores dificultades para los centrales de Unión, que defendieron casi siempre de frente y en ventaja, cerrando así un partido que se jugó exactamente como el local había imaginado.
Segundo tiempo de Unión y Platense
¿Qué cambió en el segundo tiempo? La sensación fue clara desde los primeros minutos: Platense arrancó mucho mejor que Unión. El equipo visitante mostró una precisión mucho mayor en el manejo de la pelota, exhibiendo una técnica superior y un volumen de juego que rápidamente se hizo notorio en el campo. La circulación era más fluida, los jugadores se encontraban con mayor facilidad, y se generaban conexiones más seguidas y coherentes que le permitían avanzar sin desgastarse en pérdidas innecesarias. Esto generó una sensación de dominio que hacía difícil para Unión asentarse en el partido, y que presionaba a Madelón a replantear su estrategia a la brevedad. En ese contexto, apenas comenzaron los primeros minutos del complemento, el entrenador ya tenía claro que necesitaba hacer un cambio urgente, uno que incorporara a alguien capaz de manejar la pelota con tranquilidad y criterio, que le diera más control y pausa al equipo. El planteo inicial de Madelón se había quedado corto en ese sentido, y el entrenador empezó a barajar la posibilidad de meter a un jugador como Santiago Grella o Misael Aguirre, quienes podrían aportar ese equilibrio y control en el mediocampo. Además, el cambio táctico parecía inevitable: la idea era pasar a un esquema 4-2-3-1, con Cristian Tarragona como única referencia de ataque, intentando así darle más sentido a la ofensiva y estructurar mejor los movimientos. Sin embargo, lo que Madelón no terminaba de darse cuenta era que la fórmula clásica de atacar permanentemente por las bandas ya no era efectiva, en parte porque el arquero rival, Borgogno, estaba jugando un partido seguro, sin dar rebotes ni oportunidades fáciles, tanto en disparos desde media distancia como a la hora de cortar centros. Platense se mostraba sólido en ese aspecto, anulando las vías clásicas de ataque de Unión. Por supuesto, es cierto que Unión empezó a mostrar mejoras a medida que avanzaba el segundo tiempo, instalando gente en campo adversario y logrando cierto control territorial, pero esa evolución no se tradujo en profundidad ni en peligro real para Platense. En buena medida, el problema era que a Unión le costaba finalizar bien las jugadas cuando llegaba a posiciones avanzadas. Cada vez que sus jugadores se posicionaban para rematar o generar un pase clave, la incomodidad se hacía evidente: la defensa de Platense lograba presionar con efectividad, cerrando espacios y provocando errores o remates forzados. En ese contexto, Platense comenzó a perder algunas pelotas en la mitad de la cancha, lo que parecía abrir una puerta para que Unión aprovechara y creciera, pero la falta de eficacia ofensiva seguía siendo un gran obstáculo. La sensación era que, aunque la posesión mejoraba y el balón llegaba más cerca del área rival, la falta de claridad en los últimos metros hacía que esas jugadas no se convirtieran en situaciones de verdadero peligro. Fue entonces cuando llegó el momento de hacer cambios más profundos en el equipo de Unión. El primero en ingresar fue Nicolás Palavecino (3) reemplazando a Franco Fragapane (3), un jugador que no logró explotar ni encontrar su mejor versión durante el partido. El ex Boca tuvo algunos movimientos interesantes durante el primer cuarto de hora, sobre todo en el inicio, tratando de combinar y armar un buen tándem por la banda izquierda junto a Mateo del Blanco -misma idea que se vio en la Serie Río de la Plata-, pero esas intenciones no se tradujeron en una influencia decisiva en la generación de fútbol ofensivo. Fue evidente que Madelón no quedó conforme con el rendimiento del volante por izquierda, y se mostró especialmente molesto por los silbidos que recibió la salida del jugador, algo que indicaba cierta frustración en el público. Con ese primer cambio, Madelón buscó más que un simple reemplazo: quiso darle al equipo mayor control y pausa en la zona izquierda, apostando por un jugador con más capacidad para combinar y progresar en bloque. Palavecino ofrecía la posibilidad de jugar más dentro del campo, ayudando a evitar pérdidas y a generar juego asociado, reduciendo así la dependencia del desequilibrio individual, que no estaba funcionando. Sin embargo, a pesar de esa intención, el trámite del partido no cambió demasiado con su ingreso. Palavecino entró por la izquierda, pero por momentos apareció más como un mediapunta o enganche, buscando influir en la creación desde posiciones centrales, aunque su desempeño fue irregular. Siempre parecía tener la oportunidad para desequilibrar o cambiar el ritmo, pero fallaba en concretar esas acciones. En esa misma ventana de variantes, Madelón decidió hacer ingresar a Marcelo Estigarribia (5), por un intrascendente Agustín Colazo (4). Apenas un cabezazo desviado que no llegó a darle dirección. En cuanto al Chelo, entró para potenciar el área, pero casi no tuvo injerencia. Buscó por arriba, pero no ganó ninguna. Habrá que ver si puede pelear el lugar con Colazo.
Como venía la mano, todo parecía encaminarse hacia un gol que definiera el partido, un momento esperado que diera sentido a todo el esfuerzo desplegado en el campo. Unión, sintiendo que las vías tradicionales para llegar al arco rival se le cerraban, empezó a sobrecargar el área con centros aéreos, una estrategia que reflejaba la falta de espacios y resquicios para penetrar por abajo en una defensa que se cerraba bien y no cedía terreno. Esta decisión no era casual ni improvisada, sino la respuesta lógica a un escenario donde las combinaciones cortas y la circulación fluida ya no daban resultados efectivos. En ese contexto, Madelón no dudó en mover sus piezas y hacer debutar a Misael Aguirre, un cambio que reflejaba la necesidad de inyectar un cambio de ritmo y frescura por la banda derecha. La entrada del santotomesino era una apuesta clara a romper la dinámica previsible del partido, buscando que la velocidad y la movilidad por el costado generaran espacios y desequilibrios, elementos que hasta ese momento habían estado ausentes o controlados por la defensa rival. El desarrollo del juego, por lo tanto, quedó claramente planteado: Unión iba a avanzar a los empujones, sin demasiado orden, apelando a la fuerza y la insistencia para crear peligro, mientras que Platense se mostraba expectante, agazapado, esperando el momento justo para aprovechar la desprolijidad y salir rápido de contraataque, buscando así golpear con eficacia y rapidez en los momentos en que Unión dejaba espacios o cometía errores. El final del partido nuevamente volvió a golpear con crudeza a los hinchas tatengues, recordando partidos en los cuales pudo llevarse los tres puntos, pero nuevamente, Nicolas Palavecino, a quienes siempre le quedan chances nítidas, tras un centro preciso de Bruno Pittón. La jugada era prometedora y parecía que podía desnivelar un duelo que se había tornado demasiado cerrado y monótono, en el que el 0-0 era lo más justo. Pero en ese momento decisivo, el jugador no pudo concretar: abrió demasiado el pie y el disparo se fue por encima del travesaño, frustrando así la oportunidad más clara de Unión en todo el segundo tiempo. Fue una situación que sintetizó el desarrollo del partido, donde el equipo hizo todo el esfuerzo para generar chances pero le faltó la precisión y la contundencia necesarias para definir. El encuentro terminó con un empate 0-0 que, si bien deja un sabor amargo y sensación de oportunidad perdida para Unión, refleja la realidad del juego: el equipo dominó territorialmente y en la posesión, pero careció de la efectividad para capitalizar esa superioridad en el marcador. En el análisis final, cuando no se puede ganar, siempre es positivo no perder y sumar un punto, especialmente en un debut donde las bases están en formación. No obstante, quedó claro que hay mucho por mejorar, tanto en la construcción del juego ofensivo como en la capacidad para finalizar las jugadas, elementos imprescindibles si Unión quiere aspirar a algo más en el torneo. Esta igualdad sirve entonces como punto de partida para corregir errores y crecer, con la certeza de que el camino hacia el éxito requiere afinar detalles y potenciar el rendimiento colectivo y individual.
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