lunes, enero 26 2026

Mazazo. Golpazo durísimo el que acaba de recibir Unión en la altura de Riobamba. La derrota por 3 a 0 frente a Mushuc Runa no solo representa un resultado negativo, sino que expone crudamente una realidad preocupante: este equipo, hoy por hoy, está lejos de ser competitivo en el plano internacional. La obligación de ganar los tres partidos que restan en la fase de grupos y, además, hacer un papel sólido en Brasil, parece más una expresión de deseo que un objetivo alcanzable con el rendimiento actual. Unión nunca se adaptó al partido, sufrió desde el primer minuto y terminó siendo ampliamente superado por un rival que jugó con convicción, intensidad y un plan claro. Fue, sin dudas, una noche para el olvido en Ecuador, una de esas que dejan una marca profunda en la memoria del hincha. En este contexto, sería tentador recurrir a frases hechas, lugares comunes y expresiones demagógicas para canalizar la bronca. Sería fácil, demasiado fácil, caer en el discurso de que se le faltó el respeto al hincha que viajó miles de kilómetros con esfuerzo o a los que se quedaron expectantes frente a la televisión esperando una alegría. También resultaría sencillo pedir cabezas, señalar culpables con nombre y apellido, reclamar renuncias inmediatas o acusar de falta de compromiso. Pero no es mi estilo. Prefiero la crítica con argumentos, el análisis sereno en medio de la tempestad. Para destruir todo en un arrebato de oportunismo ya hay demasiados que están agazapados, esperando con ansias cada tropiezo de Unión para salir a decir “yo lo dije”. Hay mucho fuego amigo disfrazado de neutralidad, gente que en el fondo disfruta ver al club pasarla mal, alimentando un clima de tensión y pesimismo que termina siendo funcional a su propio relato.

Desde mi lugar, como santafesino que sigue de cerca a Unión y a Colón, siempre es más grato escribir sobre victorias, sobre noches épicas o partidos inolvidables. Pero hoy toca hablar de una derrota dolorosa, de esas que golpean fuerte y obligan a la reflexión profunda. La realidad es que este equipo está lejísimos de cumplir con las expectativas generadas a principios de año. El contraste entre lo que se proyectaba y lo que efectivamente ocurre en la cancha es alarmante. Y no es la primera vez: una vez más, Unión no estuvo a la altura, ni futbolística ni anímicamente. Y, aunque duela decirlo, tampoco sorprende. El equipo tiene el peor rendimiento de visitante en todo el fútbol argentino, y eso dice mucho más que cualquier opinión subjetiva. Pero más allá del resultado puntual, la verdadera preocupación pasa por lo estructural, por lo futbolístico. Unión es un equipo que se desmejora partido tras partido. No hay funcionamiento, no hay respuestas colectivas ni individuales. No se observan síntomas de reacción ni señales de un rumbo definido. La mayoría de los jugadores que integran este plantel vienen fallando de manera sistemática. El equipo transmite una sensación de resignación que se vuelve insoportable para quienes sienten esta camiseta con pasión. Unión es lento, previsible, inofensivo. No intimida a sus rivales, no los incomoda, no presenta batalla. Parece entregarse sin resistencia cada vez que las cosas se complican. Y esa falta de carácter es quizás lo más doloroso de todo. El equipo, como lo planteó Nicolás Vazzoler, se basó en una estructura compuesta en su mayoría por jugadores que ya venían arrastrando malos rendimientos, y que ahora son reforzados por otros que no están a la altura. Se apostó mal. El cuerpo técnico anterior, la dirigencia actual, todos compartieron responsabilidad en la confección de un plantel que no tiene intensidad ni agresividad. Se perciben cabezas bajas, piernas pesadas, y una alarmante falta de rebeldía. No hay orgullo ni hambre. Ni siquiera aparece ese empuje necesario para disimular la falta de juego con voluntad. El equipo parece haber perdido su espíritu competitivo. Pocas veces se ve un plantel tan carente de respuestas individuales. Son contados con los dedos los que se salvan de este mal momento. La gran mayoría sigue dejando la imagen de no estar preparados para defender una camiseta tan prestigiosa como la de Unión. Lo que se ve en la cancha preocupa: pases mal dados sin presión, jugadores que no asumen responsabilidades, que no se animan a romper líneas ni a intentar algo distinto. No hay creatividad, ni sorpresa, ni desequilibrio individual. El único recurso ofensivo termina siendo lanzar centros sin sentido desde cualquier sector del campo, como si se tratara de una fórmula mágica. Pero no lo es. Y lo más grave de todo: es evidente que a varios les falta confianza. Desde afuera, la sensación es que ni siquiera ellos creen en sus propias capacidades para cambiar la historia. Unión atraviesa un momento crítico. Y no se trata simplemente de una derrota más. Es un llamado de atención urgente. Porque lo que está en juego no es solo la clasificación a los octavos de final de la Copa Sudamericana, sino el proyecto mismo, la identidad del equipo y el vínculo con su gente. Y eso, sin dudas, vale mucho más que cualquier resultado.

Con tantas derrotas acumuladas, uno empieza a dudar incluso si el plantel realmente está unido, si tienen la química necesaria entre ellos o si están preparados para afrontar la presión. Hay algo que parece haberse roto, algo que ya no fluye como antes. Si bien es cierto que no todo depende de ganar el Apertura, y que a veces el peso de las competiciones internacionales, con los dólares de por medio, puede ser un factor motivante, lo que se ve ahora es un equipo que ni siquiera puede sostener una actuación sólida en la Sudamericana. Unión, por momentos, parece haberse acostumbrado a ser un equipo perdedor, a esa sensación de que la derrota es casi inevitable. Ese es el peligro más grande: cuando el fracaso se vuelve parte del ADN, cuando el club se resigna a ser el equipo que «siempre pierde». Hoy, por ejemplo, Unión tenía una oportunidad clave para acomodarse en la tabla, para darle un respiro al hincha y quizás incluso demostrar que lo hecho ante Newell’s no fue un espejismo. Un triunfo o, si no se podía, al menos un empate, hubiera sido valioso, sobre todo teniendo en cuenta la dinámica de este equipo, que cada vez que sale de Santa Fe parece sumergirse en una espiral negativa. El empate, aunque no ideal, no hubiera sido un mal resultado; porque, si miramos bien, con ese punto el equipo podría haber quedado con 10 unidades y con dos partidos más en casa por jugar, lo que abría la puerta a una posible recuperación. Pero ese no es el Union que estamos viendo hoy. Este plantel, en medio de la adversidad, tiembla. No genera confianza. A pesar de que reacciona en ciertos momentos —ante Gimnasia, Banfield, Colegiales en Copa Argentina, Central Córdoba, Newell’s— esas reacciones parecen ser esporádicas, como si fueran fuegos artificiales que duran solo unos minutos. Y uno no puede vivir siempre al borde del abismo, con la soga al cuello. Es agotador. Este escenario, lamentablemente, alimenta la búsqueda de un nuevo entrenador, algo que, aunque necesario, no debería ser la única solución. Si el club sigue adelante con esta idea, la oposición debe entender que el momento que vive Unión es crítico, dramático incluso. Ya no se puede esperar más, ni depender de un director técnico interino que, aunque pueda aportar algo de aire fresco, no tiene el poder de resolver todos los problemas de fondo. La situación es mucho más profunda que solo un cambio de entrenador. No se trata solo de táctica o estrategia, sino de recuperar la identidad del club, la confianza, la unión del grupo, la mentalidad ganadora que hoy parece perdida. Es cierto que la decisión de buscar un nuevo DT tiene un peso significativo, pero debe ser acompañada de un análisis más profundo, que contemple las causas reales de esta caída, que no solo afectan al plantel, sino que se filtran a nivel dirigencial y estructural. No basta con cambiar nombres; hay que reestructurar, reavivar la esencia que alguna vez hizo a Unión un equipo combativo, con garra, que no se entregaba jamás. Si no se logra eso, cambiar de entrenador será solo un parche, una solución temporal que no resolverá los problemas de fondo. Lo que Unión necesita ahora es un proyecto a largo plazo, que vaya más allá de la urgencia de una victoria y recupere esa identidad que hoy parece perdida. Es fundamental que el club, tanto la dirigencia como los hinchas, comprendan que el momento de Unión no es uno de esos que se resuelven con cambios superficiales o soluciones inmediatas. No se trata solo de cambiar a un entrenador que sea capaz de sumar tres o seis puntos más a corto plazo. El verdadero desafío está en reconstruir la estructura del equipo, recuperar la confianza en su juego, y sobre todo, devolverle al plantel la motivación que parece haber desaparecido con el tiempo. El club necesita un proyecto sólido, que apunte a algo más allá de la simple acumulación de resultados. Necesita una visión clara, un enfoque integral que toque todos los aspectos: desde la cantera hasta el primer equipo, pasando por la mentalidad colectiva que se debe formar, la química entre los jugadores y, por supuesto, la conexión con los hinchas. Es innegable que el cambio de entrenador podría dar un empuje momentáneo, y quizás eso es lo que muchos esperan, pero ese empuje no será suficiente si no hay un cambio de mentalidad profundo dentro del plantel. En los momentos difíciles, como los que está viviendo Unión, la capacidad de salir adelante no solo depende de las instrucciones tácticas de un técnico, sino de la disposición del grupo para creer en sí mismo, para entender que están luchando por algo más grande que ellos mismos, que no solo juegan por sus contratos, sino por un club, una historia y una hinchada que no merece ser testigo de más frustraciones.

Lo que está en juego es mucho más que una buena campaña en la liga o una copa internacional. La situación de Unión va más allá de los puntos que se puedan sumar o perder, porque lo que está en juego es el futuro del club, su identidad, su capacidad para seguir siendo un lugar de pertenencia para los hinchas, y su habilidad para salir de la dinámica de derrota en la que se encuentra atrapado. El fútbol, por más que en ocasiones se quiera reducir a una simple cuestión de victorias y derrotas, está íntimamente relacionado con lo emocional, con los sueños y las expectativas de todos los que forman parte de él. Y cuando esos sueños se ven constantemente frustrados, cuando el equipo no da señales de vida, las heridas se vuelven profundas. Es cierto que el hincha de Unión está cansado de esperar, de ver cómo el equipo se desploma partido tras partido, sin poder encontrar una respuesta. La desesperación se apodera del ambiente. Pero también es cierto que ese mismo hincha, el que sufre, el que grita, el que llora, es el que sigue creyendo que el club tiene la capacidad de renacer. Y esa fe no se puede perder, no se puede abandonar tan fácilmente. Unión tiene una historia de lucha, de sacrificio, de momentos en los que parecía estar al borde del abismo y logró resurgir. Quizás ahora es el momento de volver a esa esencia, a esa historia de superación. Por lo tanto, más allá de los cambios que se puedan generar en lo táctico o en la estructura dirigencial, lo que se necesita es recuperar el alma del club, esa que no se mide solo por los resultados, sino por la entrega, la pasión y el orgullo que se lleva al campo en cada partido. Los jugadores deben entender que no están solos, que no se juegan solo una camiseta, sino una causa mucho más grande que trasciende cualquier tipo de frustración. Unión no solo necesita salir del momento crítico, sino aprender a evitar que ese momento vuelva a repetirse. Y si eso implica pasar por una reestructuración profunda, tanto a nivel de plantilla como a nivel institucional, entonces habrá que hacerlo. Los hinchas tienen el derecho de exigir que el club se plante con firmeza y se reencuentre con la ambición, con ese fuego interno que en algún momento pareció apagarse. En este contexto, no solo se trata de mirar hacia afuera en busca de un cambio de DT, sino de mirar hacia adentro y pensar en cómo reconstruir lo que ha sido dañado, recuperar la mística y el alma de un equipo que, a pesar de todo, sigue siendo un símbolo de la ciudad. Porque el verdadero desafío, y el que definirá si Unión tiene un futuro brillante o no, está en la capacidad de reaccionar y aprender de sus errores, en la forma en que todo el club se comprometa a resurgir de esta crisis y volver a encontrar su rumbo.

Hay apellidos que hace rato no rinden y ya es difícil de imaginar que eso pueda suceder en algún momento. Nos duele porque muchos de ellos supieron rendir y darnos alegrías. Igualmente, lo mas angustiante es ver a aquellos en los que sí confiamos y todavía creemos en la misma sintonía de los otros. Hay jugadores apagados. Que miran y juegan al trotecito. Que no hacen ni sombra para marcar. Que transitan la cancha sin dinámica ni movilidad. Que piden la pelota al pie y en zonas donde hay espacios. Dar nombres propios en un momento de tanta bronca no parece ser necesario. Todos sabemos y tenemos muy claro quiénes son los que van agotando su crédito semana a semanaEs doloroso reconocerlo, pero lo que está viviendo Unión es una realidad difícil de ignorar: hoy, el club no merece estar en Primera División. La situación es tan grave que no se puede pasar por alto el hecho de que un equipo esté 6 meses sin ganar de visitante. Se ha convertido en algo casi surrealista, una racha negativa que no solo pone en evidencia la falta de resultados, sino también la mentalidad del equipo. Y lo más preocupante es que esa falta de victorias en condición de visitante no es un accidente. Es una muestra clara de lo que está sucediendo en la cabeza de los jugadores, de cómo se han ido acostumbrando a una dinámica perdedora que termina afectando cada aspecto del rendimiento en el campo. Cuando un equipo no gana fuera de su estadio durante tanto tiempo, no se trata solo de una cuestión táctica o de un par de malas decisiones. Es un reflejo de algo mucho más profundo, algo que va más allá de los jugadores que visten la camiseta en ese momento. Es un reflejo de la mentalidad colectiva que se ha ido consolidando dentro del club. Y esa mentalidad es la que condena a Unión. No se trata solo de perder, sino de perder de manera constante, sin capacidad de reacción, sin esos momentos de inspiración que en otros equipos aparecen de vez en cuando. Esa mentalidad perdedora se ha instalado como una especie de enfermedad crónica, que ha permeado a todo el plantel, a la dirigencia, a la hinchada, y, lamentablemente, parece haberse vuelto parte de la cultura del club. Unión, como institución, ha pasado a ser una especie de «chivo expiatorio» del fútbol argentino. En todos los estadios, en todos los partidos, la gente sabe que si hay una oportunidad para sumar puntos, ese partido contra Unión es el indicado. Esto genera una vergüenza que no solo afecta a los jugadores dentro del campo, sino que también se traslada a la hinchada, que debe vivir con esa sensación constante de que su equipo es el blanco fácil de cualquier rival. Y lo peor de todo es que no parece haber reacción. La inercia parece dominar, y el equipo sigue cayendo en la misma trampa, con los mismos errores, sin poder encontrar un punto de inflexión. Es cierto que el fútbol tiene ciclos, y todos los equipos pasan por altibajos. Pero lo que se vive hoy en Unión es algo más complejo. La falta de victorias fuera de casa no es solo una cuestión de azar o mala suerte; es una demostración clara de que el club no tiene la fortaleza psicológica necesaria para competir a ese nivel. Los equipos que pertenecen a la Primera División no solo deben ser competitivos, deben tener la capacidad de sobreponerse a la adversidad, de no rendirse ante las dificultades, y, sobre todo, de ser sólidos mentalmente, incluso cuando las circunstancias parecen en contra. Lo más alarmante es que esta situación no parece mejorar, sino que se profundiza con el tiempo. La ausencia de una reacción contundente, tanto a nivel de jugadores como de cuerpo técnico, solo agrava la crisis. Y lo peor es que se corre el riesgo de caer en un ciclo eterno de mediocridad, donde cada temporada se inicia con más dudas y con menos esperanza. Si Unión no toma conciencia de que está en una situación límite, en la que realmente se está jugando la permanencia en la élite del fútbol argentino, el descenso no será solo una posibilidad, sino una realidad inevitable. ¿Y qué pasa si finalmente se concreta? ¿Qué le queda a un club que ha llegado a este punto de degradación, con una mentalidad derrotista que lo acompaña incluso fuera de casa? La imagen que queda es la de un equipo que, por más historia que tenga, ha perdido su lugar en el fútbol grande, arrastrado por una dinámica de frustraciones, de falta de actitud y, sobre todo, de una mentalidad perdedora que ha sido el mayor enemigo de su propio futuro. Es una situación triste, porque no se trata solo de un equipo que juega mal, sino de uno que se ha rendido mentalmente, que ha aceptado la derrota antes de tiempo. Unión tiene que reaccionar, y lo tiene que hacer pronto. No basta con buscar un cambio de entrenador o esperar un milagro. Es necesario un cambio de mentalidad profundo, una reestructuración total del enfoque de trabajo. El club necesita recuperarse, pero no de manera superficial, sino de raíz. Si no se hace, si no se logra revertir esta dinámica de derrota y vergüenza, el futuro de Unión en Primera División estará seriamente comprometido. Y, lamentablemente, la única forma de evitarlo es empezando a cuestionar todo: desde la actitud de los jugadores, hasta el modelo de trabajo, la formación de los cuerpos técnicos y, en última instancia, una reconstrucción de la identidad del club. Solo así Unión podrá recuperar lo que ha perdido y, si tiene suerte, salvar su lugar en el fútbol de primera. Pero sin cambios reales, ese futuro será cada vez más incierto.

Claudio Corvalán y Mauricio Martínez en los movimientos precompetitivos. El Mugre volvió a ocupar el puesto de lateral tras mucho tiempo, pero su rendimiento fue flojo. Se lo notó falto de ritmo, lento en las coberturas, y en varias ocasiones llegó tarde a cerrar los espacios. En el segundo tiempo intentó proyectarse con mayor frecuencia, pero eso generó que quedaran huecos en la última línea que Mushuc Runa supo aprovechar con velocidad y precisión.

Así como no se puede gastar más de lo que entra en cualquier ámbito, mucho menos en el fútbol, donde los recursos son limitados y la competencia es feroz, Unión no podía haber traído la misma cantidad de jugadores que se fueron sin asegurar que esos nuevos refuerzos estuvieran a la altura de lo que se necesitaba. En un año de triple competencia, con los desafíos que implican no solo el torneo local, sino también las copas internacionales, se armó un plantel desbalanceado, carente de la profundidad que se necesita para hacerle frente a todo lo que venía. La planificación fue claramente deficiente, y hoy lo estamos viendo reflejado en el campo de juego. El plantel, tal como está, no tiene la capacidad para afrontar todos esos compromisos de manera efectiva. Traer jugadores para llenar un vacío no es suficiente si esos refuerzos no tienen el nivel adecuado para competir al más alto nivel. En el contexto de un torneo tan exigente, con tantas competencias que requieren una rotación constante y una frescura física y mental, se necesitaban refuerzos estratégicos, jugadores que pudieran darle un salto de calidad al equipo. Pero, en cambio, se trajeron futbolistas que no son capaces de suplir las bajas de los que se fueron o que, directamente, no están al nivel necesario para pelear por los objetivos del club. El resultado de esta mala planificación ya se está pagando, y el 3-0 de hoy es solo una muestra de la brecha que hay entre lo que necesita el equipo y lo que realmente tiene. La diferencia es más que deportiva; es estructural. Este tipo de derrotas no solo afectan los puntos, sino también la confianza del grupo, el estado anímico del plantel y la relación con la hinchada. Y todo eso, lamentablemente, se traduce en más presión y más incertidumbre para un club que no puede permitirse este tipo de errores en su gestión. Ahora, lo que se tiene que hacer es claro: clasificar como sea. No importa cómo, pero hay que meterse entre los primeros puestos, asegurar la clasificación y llegar al receso de mitad de año con alguna esperanza de poder reforzarse como corresponde. El club necesita reforzar el plantel de manera urgente, buscar jugadores que aporten calidad, experiencia y competencia. No puede esperar más, porque si no, los efectos de esta mala planificación se sentirán a largo plazo. La tabla no perdona, y si el equipo sigue cayendo en este espiral negativo, la permanencia en Primera División y el futuro del club estarán en serio peligro. El tiempo apremia. No es solo cuestión de reforzarse, sino de hacerlo correctamente, buscando jugadores que realmente marquen la diferencia y no sean simplemente caras nuevas. Si no se toma acción rápida y efectiva, lo que hoy parece un traspié puede convertirse en un problema aún mayor. Y con las derrotas acumuladas, con el plantel tan desbalanceado y con las expectativas cada vez más bajas, el riesgo de pagar muy caro esta mala planificación está latente.

Una derrota para que la dirigencia abra los ojos

Actuaciones como las de Chile, Ecuador, y todas las que tuvo Unión en este 2025 que comienza a ser una pesadilla no deben repetirse en los ocho meses que le quedan al 2025. Respetamos sus conceptos, entendemos cuando habla de un proceso de construcción de equipo y coincidimos con su explicación de que eso lleva tiempo. Acá nadie va a solicitar la excelencia inmediata. Sólo pedimos y deseamos que durante ese periodo aparezcan algunos síntomas que nos entusiasmen. Que nos haga vislumbrar un futuro agradable y nos permita creer que el año tendrá festejos importantes. Solo eso. A nadie le gusta ver jugar mal Unión. Es lo que más mal humor provoca al que le gusta el paladar negro. Frustra darse cuenta de que el equipo no aparece. Es necesario un lavado de cara urgente. Hay que poner más corazón, como manda la canción que baja de la tribuna. Se debe conseguir lo más pronto posible un equipo que nos guste, identifique y represente. Eso si, cuando el plantel deja de representar a los hinchas, es en ese momento cuando se alcanza el límite. Y no es algo fácil de entender, sobre todo cuando hablamos de un lugar como Santa Fe, donde la pasión, la devoción y el vínculo con el equipo son tan profundos que se vuelven parte de la identidad misma de la gente. En esta ciudad, el fútbol no es simplemente un deporte; es una forma de vida, una manifestación de la cultura local, un reflejo de las emociones que corren por las venas de los santafesinos. Para un hincha de Unión, ver a su equipo en el campo es como un acto de entrega, un pacto tácito en el que el hincha se ve reflejado en cada jugada, en cada pase, en cada gol y, por supuesto, en cada derrota. Pero cuando el plantel deja de interpretar ese rol, cuando los jugadores parecen desconectados de ese sentimiento tan puro y profundo, la relación se quiebra. Y eso, para un hincha que vive y respira por su equipo, es como una traición silenciosa que va más allá de los resultados en la cancha. Es cierto que el fútbol es un deporte impredecible, que a veces las cosas no salen como uno espera, que los jugadores pueden pasar por malas rachas o simplemente no estar en su mejor nivel. Pero lo que no se puede permitir es que el vínculo emocional, esa conexión visceral que hace a los hinchas sentir que están viviendo cada partido junto a su equipo, se rompa. El hincha de Santa Fe no solo quiere ganar, quiere ver en su equipo el mismo fuego que lleva dentro, esa pasión que se transmite desde las gradas hasta el campo de juego.Cuando se llega a ese límite, las consecuencias son inmediatas y dolorosas. La desilusión se instala en el corazón de cada hincha, quien empieza a cuestionarse si realmente el club sigue siendo el reflejo de sus sueños y esperanzas. Es una sensación amarga, como si se estuviera perdiendo algo más que un partido. Porque el fútbol, para los santafesinos, es mucho más que una serie de victorias o derrotas. Es un vehículo de identidad, de orgullo, de lucha y, sobre todo, de pertenencia. Cuando ese vínculo se rompe, hay un vacío que no se llena fácilmente con palabras ni promesas.

Los hinchas, que siempre han estado ahí, en las malas y en las buenas, se sienten huérfanos. En su mente resuenan los recuerdos de épocas pasadas, de esos tiempos en los que el equipo, con sus virtudes y defectos, podía mirar a la tribuna y sentir que esa pasión recíproca era real, genuina. Hoy, tal vez, el plantel parece ajeno a esa historia, como si no entendiera que cada movimiento dentro del campo es observado por miles de ojos que llevan en su pecho una camiseta que representa más que una simple pieza de tela. Es la insignia de un legado, de un pueblo que jamás deja de soñar. Es por esto que los hinchas de Santa Fe se sienten traicionados. No por la derrota, no por el mal momento deportivo, sino por la indiferencia, la desconexión, la falta de esa garra que debería ser inquebrantable. El hincha no pide que siempre se gane, pero sí exige que se deje todo en la cancha, que se juegue con la misma intensidad con la que se vive cada partido en las tribunas. La pasión no entiende de resultados fríos ni de estadísticas. La pasión es algo visceral, es la que permite a una hinchada sostenerse incluso en los peores tiempos.

Sin embargo, en Santa Fe, como en cualquier otro rincón donde el fútbol se vive con tanta intensidad, también existe la esperanza de que las cosas puedan cambiar. Porque los hinchas, aunque hoy se sientan heridos, siguen siendo los primeros en creer que, con el esfuerzo adecuado, con la actitud correcta, el equipo puede reencontrarse con su esencia. La historia de este club está llena de momentos en los que parecía que todo estaba perdido, pero la unidad de la hinchada, el espíritu de lucha, la capacidad de volver a levantarse, fueron más fuertes que cualquier adversidad. Eso es lo que hace grande a Santa Fe, esa fuerza que proviene de lo más profundo de su gente. Por lo tanto, aunque el límite haya sido alcanzado y la desilusión sea palpable, hay algo que los hinchas de Santa Fe no pierden nunca: la esperanza. La esperanza de que el plantel entienda finalmente que representan más que solo un equipo. Representan a una ciudad, a una hinchada que siempre estará dispuesta a darlo todo por verlos triunfar, a confiar en ellos una vez más. Y ese es el verdadero reto, el desafío que tiene el plantel frente a sí: reconectar con esa pasión, devolverle a los hinchas el orgullo que sienten por su camiseta, y recordar que en Santa Fe, la relación entre el equipo y la gente va mucho más allá de lo que sucede en los 90 minutos de un partido. Es un trabajo arduo, difícil y desafiante, pero el fútbol en Santa Fe ha demostrado ser capaz de sobreponerse a las adversidades más grandes. Cuando los jugadores se dan cuenta de la responsabilidad que llevan sobre sus hombros, cuando comprenden que no se trata solo de un contrato o una camiseta, sino de una historia que los antecede y de un pueblo que los sigue con el corazón en la mano, es ahí cuando se puede empezar a construir de nuevo. Y eso, en el fondo, es lo que hace que el amor por el club nunca muera. Porque el hincha siempre está dispuesto a creer, a esperar y a luchar, como lo ha hecho siempre. Por eso, cuando ese lazo se debilita, cuando los jugadores parecen no sentir lo mismo que la gente en las tribunas, se llega a un punto de no retorno. Y es en ese preciso instante cuando los hinchas se sienten perdidos, como si ya no hubiera nada en lo que puedan creer. Es un momento doloroso, de esos que marcan a fuego la historia de un club. Porque lo que está en juego no es solo el rendimiento en la cancha, sino el alma misma de la hinchada, esa que vive y muere por ver a su equipo orgulloso, representado y luchando por su honor.

Unión juega como lo gobiernan

Cuando digo que Unión juega como lo gobiernan, no estoy haciendo un comentario al pasar, ni una metáfora futbolera para adornar la crítica deportiva. Me refiero a algo más profundo, más estructural, más dañino. Me refiero a una institución que hoy carece de orden, de visión, de liderazgo. Y esa carencia, esa desorientación que se palpa en los pasillos del club, se manifiesta con dolorosa claridad en el funcionamiento del equipo dentro del campo de juego. Hoy Unión es el espejo de una dirigencia ausente, desdibujada, desconectada de su gente, que no ofrece ni un gesto de compromiso ni una palabra de aliento. Tenemos un presidente que apuesta a la suerte como si eso bastara en un fútbol cada vez más exigente, que improvisa un proyecto deportivo sin estructura ni fundamentos reales, y que, en un acto de absoluta irresponsabilidad, vuelve a confiar la conducción técnica del equipo a un entrenador sin experiencia, como si la camiseta de Unión fuera un campo de pruebas para quien apenas da sus primeros pasos. Es una muestra cabal de una improvisación sistemática, instalada como norma de gestión. Hoy no hay un plan. No hay una idea clara. No hay un horizonte hacia donde mirar. Se desperdició una pretemporada valiosísima con un cuerpo técnico que, evidentemente, no tiene las herramientas ni la capacidad para liderar un grupo profesional. El club quedó estancado, atrapado en una lógica de decisiones mediocres, donde lo único constante es la falta de autocrítica, la ausencia de planificación y el silencio. Porque la dirigencia está escondida. No hay comunicados. No hay explicaciones. No hay, ni siquiera, rumores de que algo se esté gestando. Nadie sabe nada. Nadie responde. Nadie aparece. La desinformación es total, el hermetismo es absoluto y la incertidumbre crece como una mancha de humedad que va empapando cada rincón del club. Lo más alarmante es que el propio presidente, en una charla reservada con periodistas que hicieron un gran esfuerzo económico para viajar a Quito —un día de semana, a fin de mes—, dio a entender que esperaban el resultado del partido por la Copa Sudamericana para decidir si debían iniciar, o no, la búsqueda de un nuevo entrenador. Es decir, no hay proyecto: hay especulación. Admitió, sin pudor, que iban a tomarse un «impasse», como si el club pudiera seguir en pausa mientras el campeonato sigue corriendo y el descenso acecha cada vez más cerca. Mientras tanto, en el plano institucional, las deudas con los socios y los hinchas siguen acumulándose. La Asamblea General, que ya parecía un evento mítico, sigue sin fecha concreta, postergada como si fuera un detalle menor. Y, como si eso no fuera suficiente, reina una incertidumbre creciente en torno al calendario electoral. Hasta el momento, no existe una hoja de ruta clara para convocar a elecciones, lo que alimenta todo tipo de especulaciones sobre las maniobras políticas que podría estar gestando la actual dirigencia. Esta demora, más que una cuestión de logística, parece una estrategia para extender un ciclo que ya mostró sus límites y que, a esta altura, sólo se sostiene en el silencio y la falta de alternativas visibles. En medio de este panorama sombrío, empieza a sonar el nombre de Miguel Del Sel, actor, humorista y exdiputado, como posible vicepresidente en una eventual nueva gestión de Luis Spahn. Suena más a jugada mediática que a decisión seria. Según versiones que recorren los pasillos del club, Del Sel habría dado el «sí» para sumarse al proyecto de la actual conducción, aportando visibilidad y carisma, pero muy poco desde lo institucional o deportivo. En los últimos meses, en entrevistas a medios locales y nacionales, no escatimó elogios hacia la actual dirigencia, resaltando los logros alcanzados —que nadie termina de ver— y valorando los avances institucionales, deportivos y patrimoniales que, a simple vista, parecen haber sido inflados más desde el discurso que desde los hechos. Sus palabras han sido leídas por muchos como un gesto político, un guiño de respaldo y quizás un anticipo de su desembarco definitivo en la vida dirigencial rojiblanca. Pero, ¿es eso lo que necesita hoy Unión? ¿Otro nombre popular o alguien que entienda la profundidad de esta crisis y se anime a ponerle el cuerpo con propuestas concretas?

Y en medio de todo esto, en medio de la inestabilidad, de la desidia, de la improvisación institucional, Unión está a cuatro puntos del descenso. ¿El presidente no lo sabe? ¿Nadie en la Comisión Directiva mira la tabla? El futuro inmediato del club es, lisa y llanamente, preocupante. No hay conducción. No hay liderazgo. No hay capitán, ni en el barco dirigencial ni dentro del campo de juego. No hay referentes que se pongan el equipo al hombro. No hay decisiones coherentes, ni desde lo táctico ni desde lo estratégico. La continuidad de Pereira pende de un hilo que ya parece estar cortado, y nadie parece dispuesto a asumir la responsabilidad de lo que está ocurriendo. Todo está a la deriva. Se necesitan refuerzos, y no cualquiera: se necesitan jugadores de jerarquía, de carácter, titulares indiscutidos, mínimo cuatro o cinco, si es que se pretende salir del pozo. De lo contrario, esta dirigencia seguirá empujando a Unión hacia un estado de irrelevancia, hacia una mediocridad estructural que se está volviendo costumbre. Hoy estamos viviendo las consecuencias de una conducción que normalizó el bajo rendimiento, que desacostumbró al hincha a soñar en grande, que instaló un clima de resignación y apatía que se contagia desde las oficinas hasta las tribunas. Y quedó demostrado, más allá de todo, que el problema no era únicamente el técnico, aunque también tenga su cuota de responsabilidad. Porque este plantel lo armaron en conjunto. Porque se gastaron más de cinco millones de dólares para terminar siendo una máquina de perder. Porque la ilusión de todos era otra. Porque el equipo no compite, no da respuestas, no genera identidad. Ya no está Kily: ¿ahora a quién van a culpar? Unión necesita cambiar muchas cosas, y necesita hacerlo ya. Desde los que toman decisiones en fútbol, hasta los jugadores que hoy no están en condiciones de competir en Primera División. Este plantel está haciendo historia, pero una historia triste: récords de deshonra al escudo, a la camiseta, a una institución que merece muchísimo más que esta decadencia institucional y deportiva.

Y lo más doloroso de todo esto no es solamente la situación en la que se encuentra el club, sino la indiferencia con la que se la está dejando avanzar. Porque no se trata únicamente de perder partidos o de no conseguir resultados; se trata de cómo nos estamos acostumbrando, como hinchas, a ver a nuestro club agonizar en silencio, sin siquiera el consuelo de una dirigencia que dé la cara, que asuma errores, que comunique algo más que vaguedades. Se trata de cómo se instaló una cultura de pasividad institucional, donde el fracaso no tiene responsables, donde las decisiones son tomadas por pocos y comunicadas por nadie, donde la voz del socio fue silenciada, diluida, ignorada. Se naturalizó el desgobierno, la falta de transparencia, la desinformación crónica. Y lo que antes era inaceptable, ahora parece ser parte del paisaje. Le están robando el sentido de pertenencia, nos están quitando la ilusión de sentirnos parte de algo más grande, de un club que represente con orgullo a su ciudad, a su gente, a su historia. Mientras tanto, en la cancha, vemos un equipo sin alma, sin estructura, sin convicción. Jugadores que no pueden sostener ni los primeros veinte minutos de un partido con intensidad, que entran derrotados desde el vestuario, que arrastran la camiseta más que defenderla. No hay un solo líder que haga el gesto mínimo de arengar, de rebelarse, de contagiar al resto. Y eso no es solo culpa del plantel: es consecuencia directa de un proyecto sin identidad, sin exigencia, sin objetivos claros. Porque cuando un club no tiene una idea rectora, cuando no hay un modelo al cual responder, lo que se construye es un grupo desmotivado, que no sabe para qué juega ni para quién. El fútbol profesional necesita dirección, propósito, planificación. Y Unión, hoy por hoy, no tiene ninguna de esas tres cosas. Los hinchas, los verdaderos sostenes del club en sus momentos más difíciles, ya no solo sienten decepción: sienten abandono. No hay diálogo, no hay representación, no hay espacios de participación reales. Se habla de institucionalidad, pero no hay asambleas. Se habla de democracia, pero no hay elecciones. Se habla de transparencia, pero no hay informes, ni balances, ni explicaciones. Se habla de amor por el club, pero se gobierna con desinterés. Todo lo que alguna vez hizo fuerte a Unión como institución parece haber sido dejado de lado, como si el pasado no importara, como si la historia no pesara, como si el futuro no valiera la pena construirlo con responsabilidad y compromiso. Y cuando desde el mismo poder se desprecia lo institucional, se desordena lo deportivo. Por eso, no sorprende que estemos como estamos. Lo que sorprende es que todavía se siga actuando como si estuviéramos a tiempo. Porque la realidad es otra: el margen de error ya no existe. El torneo avanza, los puntos se escapan, y cada partido perdido nos acerca un poco más a un descenso que ya no es un fantasma, sino una posibilidad concreta, latente, angustiante. Y si ese descenso ocurre —ojalá no— no será por culpa de un solo técnico, ni por el bajo nivel de ciertos jugadores. Será, sobre todo, responsabilidad de una dirigencia que fracasó en todos los planos, que no supo leer los tiempos, que no tuvo humildad para corregir, ni capacidad para anticiparse, ni voluntad para construir algo distinto. Unión necesita un golpe de timón urgente. Necesita dirigentes que quieran al club más de lo que desean permanecer en el poder. Necesita voces nuevas, ideas claras, proyectos reales. Necesita volver a enamorar al hincha con un equipo que lo represente, pero también con una conducción que lo escuche. Necesita recuperar el orgullo perdido, dejar de naturalizar la mediocridad y volver a ponerse de pie, como tantas veces lo ha hecho en su historia. El momento de hacerlo es ahora. Porque si seguimos esperando, si seguimos apostando a la suerte, si seguimos refugiándonos en los silencios cómodos, entonces no será el descenso lo peor que nos pase. Lo peor será perder la esencia. Y eso, a diferencia de los puntos, no se recupera jamás

Unión parece haber quedado atrapado en un loop eterno, un círculo vicioso que se repite sin pausa desde aquel día en que su eterno rival descendió de categoría. Lejos de capitalizar ese momento histórico como un punto de inflexión, como una oportunidad para despegar y construir algo grande sobre bases sólidas, el club se sumergió en una suerte de letargo, una inercia peligrosa que lo ha llevado a convivir con una mediocridad que se ha vuelto estructural. Mientras algunos intentan disimular la realidad con campañas de marketing estéticas, con muñecos de Lego o contenidos simpáticos en redes sociales, la esencia misma del club se desangra. Porque, como bien dice el dicho, el árbol no puede tapar el bosque, y en este caso, la maqueta de colores vivos no alcanza para ocultar una tabla que grita otra cosa: Unión está a cuatro puntos del descenso. Y más allá de la matemática puntual, lo preocupante es la sensación que transmite este equipo. Un sentimiento de vulnerabilidad, de fragilidad estructural, de que cada partido puede ser el principio de un nuevo derrumbe.

Desde las primeras fechas del campeonato, se hace evidente que este plantel no transmite la energía, la rebeldía ni la mentalidad de quienes quieren escapar del barro. En vez de levantar vuelo, el equipo parece estar condenado a caminar con los pies enredados entre los escombros de malas decisiones deportivas, errores institucionales y una conducción dirigencial que ha perdido el norte. Ya en los primeros partidos se notaba que no había margen para construir una racha positiva como la que, en 2023, le permitió a Sebastián Méndez mantener al equipo en pie. Hoy no hay vestigio de ese impulso, no hay chispa en la cancha ni conducción fuera de ella. Unión ingresó, sin dudas, en una zona de tormenta permanente, en una tempestad que no amaina porque no hay manos firmes en el timón ni cabeza lúcida en la torre de control. El club está a la deriva, con un piloto que planea sin alas, con rumbo incierto hacia un acuatizaje forzoso, en un aparato que no es hidroavión ni cuenta con simulador de vuelo. La conducción se comporta como si el suelo no estuviera cada vez más cerca, como si la gravedad institucional no existiera, como si el golpe final no pudiera darse en cualquier fecha. o más inquietante es que quienes deberían mirar hacia arriba, hacia la altura, hacia la perspectiva realista que exige la situación, parecen empecinados en mirar hacia otro lado. Se desentienden del plan de vuelo, ignoran las turbulencias, y prefieren la zona de confort de los gestos vacíos y las frases hechas. El avión que transporta los sueños, los miedos y las expectativas de los socios no sólo está en picada, sino que tiene una tripulación improvisada, sin preparación ni compromiso, que actúa como si nada ocurriera mientras los motores se apagan uno a uno. Esa tripulación, lejos de constituir un equipo de trabajo responsable, se ha transformado en una colección de figuritas que parecen entrenadas más en el arte de la obsecuencia que en la toma de decisiones sensatas. Alcahuetes de menor rango, funcionales al poder de turno, más preocupados por sostener sus sillas que por la salud de la institución que dicen defender.

El ensayo de dirigencia que ha tomado las riendas del club en los últimos años carece de toda seriedad. No hay rumbo, no hay proyecto, no hay autocrítica. Sólo un experimento perpetuo, un simulacro de gobierno deportivo donde cada temporada comienza con promesas recicladas y termina con justificaciones. Y en el medio, el hincha. Siempre el hincha, que sufre, que acompaña, que espera algo distinto, pero se encuentra con más de lo mismo: equipos que no compiten, técnicos sin experiencia, estructuras frágiles y una dirigencia más ocupada en controlar la narrativa que en revertir la realidad. El bucle sigue, y el final, si no se actúa con urgencia y profundidad, puede ser el mismo que ya conocimos en otras épocas: un descenso doloroso, pero evitable. Lo más alarmante de este presente no es solamente la cercanía con la zona de descenso, sino la naturalización del desastre. Se ha vuelto rutina que Unión esté inmerso en peleas por la permanencia, que no dispute campeonatos, que sus mejores jugadores se vayan por la puerta de atrás, muchas veces sin dejar un peso. Es como si el club hubiera firmado un contrato tácito con la resignación. Ya no se exige competir arriba, ya no se pide un proyecto integral que abrace al fútbol profesional, a las divisiones juveniles, a la infraestructura, a la representación en AFA. Se ha renunciado al sueño de grandeza. Lo más grave es que esa renuncia no viene de la gente, sino de quienes deberían liderar, de quienes ocupan lugares de poder y toman decisiones en nombre de miles. La dirigencia de Unión parece haber perdido contacto con el pulso del club, con esa fibra íntima que hace que los colores no sean solo una camiseta, sino un mandato de pertenencia, orgullo y ambición. Y cuando un club se gestiona desde el desinterés o la soberbia, cuando se dejan de escuchar las señales del entorno, el golpe siempre llega. Lo triste es que ya no se trata de advertir: el golpe ya empezó, y parece que ni siquiera se dan cuenta.

Los responsables, por acción u omisión, son identificables. Están ahí. No se esconden porque, en realidad, ya no sienten la necesidad de explicar nada. El poder prolongado adormece, y en Unión el poder se ha transformado en un refugio cómodo para un grupo de dirigentes que hace rato dejó de preguntarse por qué y para qué están en esos cargos. La verticalidad de la gestión ha sofocado todo intento de renovación interna. Las voces que intentan plantear alternativas, sugerencias o incluso críticas constructivas, son silenciadas o ridiculizadas. La gestión se volvió impermeable, cerrada, refractaria a cualquier atisbo de autocrítica. Y eso, en cualquier ámbito de la vida, es el primer paso hacia el colapso. Nadie puede conducir una institución viva, dinámica, como lo es un club de fútbol, desde la soberbia y el encierro. Los clubes son entidades sociales, emocionales, políticas en el mejor sentido de la palabra: requieren diálogo, empatía, consenso. Lo que hoy ocurre en Unión es lo contrario: una gestión que no gestiona, un liderazgo que no lidera, una institución que no sueña. Y mientras tanto, lo que más duele, es ver cómo el hincha se desgasta. Ese hincha que sigue yendo, que alienta, que paga la cuota, que acompaña incluso cuando no entiende lo que ve. Que llena tribunas sin que haya nada que le devuelva el esfuerzo. Que se pregunta, cada fin de semana, cómo puede ser que un club con tanta historia, con una hinchada así, esté hundido en la mediocridad más gris. La desconexión entre la dirigencia y la gente es ya total. Son dos mundos distintos. Uno cerrado en oficinas donde se celebran mini-logros de gestión como si fueran hazañas, y otro en la calle, en la tribuna, en la vida diaria, donde se respira decepción, cansancio y desilusión. El club se ha convertido en una máquina de frustrar expectativas. La esperanza, que es el motor emocional de cualquier institución deportiva, ha sido reemplazada por la costumbre de perder. Y eso es lo más peligroso de todo: cuando se pierde la esperanza, todo lo demás se tambalea. La pregunta, entonces, es inevitable: cómo se sale de este espiral? ¿Qué hace falta para que Unión recupere su identidad, su ambición, su proyecto? La respuesta no es mágica, pero empieza por lo más básico: cambiar la forma de gestionar. Cambiar las prioridades. Pensar a largo plazo. Tomar decisiones valientes. Rodearse de gente capacitada. Volver a creer que es posible construir algo serio. Unión no está condenado a vivir en esta crisis crónica. Tiene historia, tiene hinchas, tiene recursos. Lo que no tiene —al menos por ahora— es una dirigencia a la altura de su gente

EL PARTIDO

Hace poco más de dos décadas, mientras Daniel Passarella ofrecía frases que, con el paso del tiempo, se convertirían en parte del imaginario futbolístico argentino —como aquella ya mítica sentencia sobre cómo “la pelota no dobla” en la altura—, la Selección Argentina emprendía un viaje con destino a Quito, la capital ecuatoriana, con el objetivo de disputar el segundo encuentro correspondiente a las eliminatorias para el Mundial de Francia 1998. El camino había comenzado de forma alentadora, con un contundente 3-1 frente a Bolivia en el estadio Monumental, el 24 de abril de 1996. Sin embargo, el siguiente compromiso se presentaba con una complejidad muy distinta: un partido ante Ecuador, en los 2.856 metros de altitud de Quito, bajo un sol impiadoso y en un horario poco habitual, las 11:30 de la mañana, cuando el calor golpea con una crudeza particular a quienes no están habituados a ese clima ni a esa altura. Todo aquello convertía la cita en algo más que un simple partido de fútbol; era un desafío que desbordaba lo deportivo para instalarse en el terreno de lo físico, lo psicológico y, sobre todo, lo estratégico. La expedición argentina, dirigida por Passarella, llegó a tierras ecuatorianas un miércoles por la noche, el 29 de mayo, y se instaló en las afueras de Guayaquil, en el complejo de Filanbanco, situado en la apacible zona de Los Samanes, un sitio que ofrecía las condiciones ideales para la concentración: serenidad, privacidad y un entorno natural que favorecía el aislamiento del bullicio y permitía afinar tanto la parte física como la táctica. No obstante, lo que imperó en aquellos días de preparación fue una obsesiva preocupación por la altitud. El tema se transformó en una especie de mantra negativo que recorrió entrenamientos, charlas técnicas y entrevistas. Más que enfocarse en el juego, los jugadores parecían dominados por una idea fija: el impacto fisiológico que tendría el jugar en la altura. Y, como era previsible, ese temor se trasladó al campo de juego, donde se evidenció un equipo más preocupado por sobrevivir que por competir.

La formación inicial fue una alineación cargada de nombres ilustres: Carlos Bossio en el arco; una defensa con Javier Zanetti, Roberto Ayala, Sensini y José Chamot; en el mediocampo, Diego Simeone, Matías Almeyda, Hugo Morales y Ariel Ortega; y en el ataque, los experimentados Claudio Caniggia y Gabriel Batistuta. A pesar del poder de fuego y del talento individual, la selección argentina apenas logró sostener un primer tiempo discreto, con más resistencia que juego. Pero apenas comenzado el complemento, a los seis minutos, Montaño aprovechó un centro para marcar con un cabezazo el primer gol ecuatoriano. El segundo, un verdadero misil de Hurtado en el minuto final, fue la estocada definitiva. El estadio Atahualpa, repleto con más de 42.000 almas, estalló en júbilo. Las calles de Quito se convirtieron en una prolongación del estadio: bocinazos, cantos, festejos sin medida. Ecuador había derrotado a uno de los gigantes del fútbol sudamericano, y la gesta se vivió como una épica nacional. Ahora bien, ¿puede atribuirse la derrota exclusivamente a la altitud? La respuesta, por cruda que resulte, es negativa. Argentina perdió porque jugó francamente mal. Porque no logró articular ni siquiera dos pases consecutivos con claridad. Porque careció de ideas, de cohesión colectiva, de capacidad ofensiva real. Porque en los noventa minutos apenas generó una ocasión neta de gol —una jugada de Caniggia que fue conjurada por el arquero local—. Perdió porque cuando Ortega comenzaba a mostrar algo de desequilibrio, Passarella decidió reemplazarlo por Rodolfo Cardoso, en una decisión que pareció desarticular la única chispa que había empezado a iluminar el ataque argentino. En definitiva, la Selección cayó porque fue superada en todos los aspectos del juego, y no por una cuestión puramente fisiológica. La altitud afectó, sí, pero no fue el factor determinante. Fue, en todo caso, el telón de fondo de una puesta en escena deslucida y temerosa.

La obsesión de Passarella por la altura, transmitida casi con tono hipnótico a sus dirigidos, operó como una profecía autocumplida. Esa generación de futbolistas, salvo honrosas excepciones como Zanetti y Almeyda, entró al campo más preocupada por los efectos de la atmósfera que por imponer condiciones futbolísticas. Ecuador, dirigido por Francisco Maturana, entendió todo lo contrario: que el partido debía jugarse desde el convencimiento y no desde el miedo. Años más tarde, la FIFA intentó poner un freno a esta polémica eterna, decretando en mayo de 2007 que no se podrían disputar partidos internacionales por encima de los 2.500 metros de altitud. Una medida que fue leída como un intento de proteger a los equipos no acostumbrados a esas condiciones, pero que también generó una enorme resistencia en países como Bolivia, Colombia, Perú y el propio Ecuador. La prohibición duró poco: la presión política, social y deportiva fue tan intensa que la FIFA dio marcha atrás. La discusión sobre la altura en el fútbol sigue siendo un terreno fértil para la controversia. “Jugar en la altura es inhumano”, han dicho no pocos jugadores y entrenadores que alguna vez se vieron superados por esa condición. Y si bien la ciencia ha arrojado luz sobre los efectos reales de la altitud sobre el rendimiento físico —reducción de la capacidad aeróbica, mayor acumulación de ácido láctico, fatiga muscular precoz, disminución de la precisión motriz—, lo cierto es que la preparación mental y táctica frente a ese escenario sigue siendo tan o más importante que la adaptación fisiológica. Estudios como los realizados por el médico fisiólogo Juan Carlos Massa revelan que a partir de los 2.300 metros sobre el nivel del mar, el deportista comienza a experimentar una disminución notable de sus capacidades. A los 3.600 metros, como en La Paz o La Quiaca, esa merma puede alcanzar hasta un 34% de la capacidad aeróbica. En tales condiciones, cualquier esfuerzo —un pique, un cambio de ritmo, un remate— se convierte en una empresa mucho más costosa energéticamente. El cuerpo humano, en la altura, se ve obligado a trabajar en condiciones adversas: el oxígeno escasea, el sistema aeróbico entra en déficit, y se acumula ácido láctico, esa sustancia que, en cantidades elevadas, se traduce en pesadez, pérdida de coordinación, menor precisión y hasta fallos en la percepción del entorno. Todo esto es real, está documentado. Pero también es cierto que hay maneras de contrarrestarlo, de adaptarse, de entrenar el cuerpo —y, sobre todo, la mente— para afrontar ese tipo de desafíos. Argentina, aquella vez, no lo hizo. Eligió cargar con el fantasma en lugar de buscar las herramientas para exorcizarlo. Y Ecuador, con gratitud y fútbol, escribió una página que aún resuena en su historia deportiva.

Tras la buena imagen que dejó el equipo frente a Newell’s —más allá de no haber conseguido los tres puntos—, Luis Spahn confirmó que Nicolás Vazzoler seguirá como entrenador del primer equipo de Unión al menos hasta después de las elecciones previstas, en principio, para el 24 de mayo. La decisión tiene un fuerte respaldo dirigencial, especialmente por lo que el equipo mostró desde lo futbolístico en el último partido y por el contexto institucional que atraviesa el club. Vazzoler, quien asumió como interino en medio de una situación compleja, logró ordenar al plantel, transmitir una idea clara y, sobre todo, cosechar el respaldo unánime de los jugadores, un factor clave que inclinó la balanza a su favor. La actuación ante Newell’s dejó buenas sensaciones tanto en la dirigencia como en los hinchas, que vieron una mejora notable en el funcionamiento del equipo. A eso se suma la coyuntura electoral y el calendario ajustado, con solo dos fechas restantes del Torneo Apertura (ante Barracas Central y Belgrano) y cuatro partidos de la fase de grupos de la Sudamericana. Cambiar de entrenador en este momento implicaría un riesgo innecesario para una Comisión Directiva que podría renovarse en pocas semanas. Además, la falta de consenso en torno a un nuevo técnico consolidó aún más la continuidad del actual DT: Martín Palermo, el principal apuntado, rechazó la propuesta ya que no planea volver a dirigir por ahora tras su salida de Olimpia de Paraguay, y los nombres de Leonardo Madelón y Facundo Sava no terminan de convencer. Por eso, pese a que llegó como interino, Vazzoler se perfila para continuar al frente del Tatengue al menos hasta que se defina el futuro institucional del club. Si Spahn es reelecto y los resultados acompañan, no se descarta que su interinato se transforme en permanencia. En silencio, y con trabajo, el Profe se ganó un lugar. En Unión, por ahora, no hay apuro. Y Vazzoler, paso a paso, empieza a dejar de ser “el interino”.

 

Sin embargo, es en este punto donde a Nicolás Vazzoler le falta la experiencia necesaria para afrontar un contexto tan complejo, y es ahí donde volvemos, inevitablemente, a una cuestión que ya se ha vuelto casi una constante en el presente de Unión: no puede permitirse seguir equivocándose en la estrategia, porque los márgenes de error son cada vez más reducidos y las consecuencias, más severas. Tal como alguna vez lo expresó Daniel Passarella con aquella frase ya célebre de «la pelota no dobla», lo cierto es que, en cualquier cancha y bajo cualquier circunstancia, la pelota sigue siendo la misma: dobla, se le puede imprimir efecto y responde a las leyes físicas más allá de la altura, la presión atmosférica o el entorno. La diferencia, en todo caso, radica en la velocidad a la que se desplaza, y es por eso que el pase debe ser siempre al pie del compañero, porque en condiciones donde el control se complica, recepcionar un pase largo se vuelve una tarea incómoda, difícil, que puede terminar en una pérdida de balón simplemente porque el envío fue mal ejecutado o porque quien debía recibirlo no logró dominarlo a tiempo .En ese sentido, no se trata solo de una cuestión de estilo o de gustos futbolísticos: jugar bien, con claridad de ideas y precisión, no es una postura romántica o estética, sino una necesidad imperiosa que se manifiesta con crudeza cada fin de semana, cuando los errores no forzados, la falta de coordinación o las limitaciones tácticas terminan derivando en derrotas que duelen más por repetirse de forma sistemática que por su magnitud. Si la esperanza se reduce a esperar una desgracia ajena o un resultado milagroso que cambie el destino, entonces lo más lógico es aceptar que el desenlace está prácticamente escrito, y que el camino que resta por recorrer no promete demasiadas sorpresas favorables. A Unión, lamentablemente, le cuesta todo, desde lo más básico como generar situaciones de gol hasta sostener un nivel competitivo cuando juega fuera de casa, al punto de que, en este momento del torneo, podría considerarse sin temor a exagerar como el peor equipo del fútbol argentino en condición de visitante, no solo porque aún no ha conseguido una victoria, sino porque le resulta extremadamente difícil siquiera anotar un gol. Y sin goles, como es sabido, no se ganan partidos, por más buenas intenciones o momentos aislados de buen juego que se puedan mostrar. La tabla de merecimientos, aunque tentadora para justificar rendimientos, no existe en el fútbol real, y lo único que pesa al final del día son los puntos obtenidos. Hoy por hoy, Unión se encuentra en la tercera posición de su grupo, pero con serias posibilidades de caer al último puesto, dependiendo exclusivamente de lo que suceda esta noche entre Palestino y Cruzeiro, lo cual lo deja a merced de un resultado ajeno y, por lo tanto, fuera de control, lo que vuelve a poner en evidencia las falencias propias que lo han llevado hasta este punto.

Nicolas Vazzoler rescató el esfuerzo de sus jugadores y se llevó como positivo la entrega, “aún equivocando los caminos”.

Muchos análisis tienden a centrarse en el tiempo de adaptación como un factor determinante en el rendimiento de los equipos que juegan en la altura, pero dicha variable resulta, en muchos casos, relativa. Existen antecedentes concretos que así lo demuestran. La Selección Argentina, por ejemplo, ha arribado en más de una ocasión al aeropuerto apenas tres horas antes de un encuentro, y ha salido directamente hacia el estadio para disputar el partido sin mayores inconvenientes. Un caso similar se dio con el Boca Juniors dirigido por Gustavo Alfaro, que llegó a Quito para enfrentar a Liga Deportiva Universitaria y obtuvo una victoria contundente por 3 a 0. En aquella oportunidad, el conjunto argentino pareció manejar un ritmo superior, como si transitara en un monoplaza de Fórmula 1, mientras que el equipo ecuatoriano lo hacía a bordo de un vehículo considerablemente más lento. En ese sentido, el entrenador interino, tras la reciente derrota ante Mushuc Runa, expresó con claridad que el gol tempranero recibido alteró por completo el desarrollo del encuentro. “Vinimos con ilusión, el gol temprano determinó todo. Valoro el esfuerzo de los jugadores. Cuando uno planifica un partido y le convierten un gol al inicio, eso condiciona demasiado. Los equipos se desordenan a veces por intentar y no dejar de buscar. Quizás no abrimos la cancha como debíamos y entramos en la desesperación. No planteamos un partido desde la especulación, pero el 1 a 0 nos condicionó desde el arranque”, sostuvo el técnico, dejando en evidencia que el plan original quedó desdibujado prematuramente.

Todo indica que la intención inicial, con un esquema 4-4-2 que incluyó a Mauricio Martínez como zaguero central, fue priorizar la tenencia del balón y el control del juego. Sin embargo, el desarrollo del partido mostró una tendencia opuesta. En contextos adversos, como el de la altura, ceder la posesión tiene consecuencias físicas y tácticas evidentes. Sin la pelota, el equipo no solo pierde protagonismo ofensivo, sino también energía: la falta de precisión obliga a un mayor esfuerzo para recuperar el balón, y el recurso del pelotazo, más que una solución, se transforma en un problema. Los delanteros deben correr constantemente hacia envíos imprecisos que rara vez llegan con ventaja, lo que los desgasta con rapidez. Como suele decirse, la pelota va y vuelve; y cuando regresa, obliga a defender, a retroceder, a exigirse físicamente en un escenario en el que el aire escasea y los márgenes de error se reducen. Desde esa perspectiva, la planificación de Unión fue equivocada de principio a fin. Considerando las características de sus futbolistas —en su mayoría livianos, técnicos, y poco dotados para la fricción física sostenida—, la estrategia adecuada debió haber sido apostar a la posesión, la circulación precisa y el control del ritmo. La tenencia del balón no solo es un principio estético, sino una necesidad fisiológica en condiciones de altura. A mayor posesión, menor desgaste; a menor desgaste, mayor claridad para decidir. Asimismo, se desaprovechó una herramienta muy utilizada por los equipos ecuatorianos: el remate de media distancia. En este tipo de entornos, los disparos desde fuera del área suelen adquirir mayor velocidad y trayectorias difíciles de controlar para los arqueros. Por ello, no solo era importante generar esas situaciones a favor, sino también impedir que el rival tuviera espacios para ejecutarlas. Unión no solo fue superado en el marcador, sino también en la concepción del juego. La derrota no debe analizarse únicamente desde el resultado, sino desde una estrategia que no se ajustó a las exigencias del entorno, ni aprovechó las cualidades del plantel.

Esto no es nuevo. Ya lo habíamos señalado en el partido frente a Newell’s: por nombres propios y estructura de juego, Unión no debería estar ocupando los últimos puestos de la Tabla Anual. El equipo cuenta con jugadores de buena técnica, múltiples variantes tácticas y una identidad que, al menos en el papel, lo posicionan por encima de varios de sus competidores directos. No obstante, la realidad se impone con crudeza. La ineficacia ofensiva, especialmente a la hora de concretar situaciones claras de gol, ha sido una constante que lo ha condenado durante buena parte del torneo. Si el conjunto santafesino hubiera capitalizado siquiera un 10% de las oportunidades nítidas que generó y malogró a lo largo del certamen, probablemente estaría disputando una plaza en los octavos de final de la Copa de la Liga. Y es que a veces la estadística sirve para explicar una tendencia, pero no alcanza para comprender por qué un equipo que produce juego ofensivo, que llega con frecuencia al área rival y que tiene una clara vocación de protagonismo, termina estancado en la parte baja de la tabla. En ese sentido, todo podría haber sido distinto desde el arranque. Al minuto de juego, Unión tuvo una situación clarísima: una jugada iniciada por Marcelo Estigarribia (5) quien desbordó con potencia y colocó un centro rasante al corazón del área que ni Gamba ni Fragapane lograron empujar al gol. Poco después, fue Pittón quien recibió dentro del área en posición favorable, pero un mal control le impidió convertir una jugada prometedora en una verdadera situación de peligro. A partir de ese punto, Unión se fue diluyendo. No volvió a generar peligro claro sobre el arco defendido por Formento y, por el contrario, Mushuc Runa fue creciendo en el partido. Lo hizo a partir de la velocidad de sus atacantes, que comenzaron a encontrar espacios por las bandas ante una defensa de Unión que nunca logró asentarse del todo ni mostrarse sólida. Por su parte, el Chelo tuvo un despliegue físico notable, jugó siempre de espaldas al arco y se esforzó por bajar pelotas para que sus compañeros pudieran aprovechar las segundas jugadas. Incluso generó dos situaciones claras que fueron neutralizadas por el arquero rival y metió un pase peligroso dentro del área en los primeros minutos del juego, pero su esfuerzo fue en vano por la falta de acompañamiento. En definitiva, más allá de los planteos, las estrategias y los dibujos tácticos, el problema de fondo sigue siendo el mismo: Unión no logra traducir su volumen de juego en goles, y sin goles, en el fútbol, todo se complica.

En uno de los tantos enfoques estratégicos que se analizaron de cara al encuentro, se pensó en un planteo donde Bruno Pittón (3) desempeñara un rol por el sector derecho, con la intención de adaptarse de la mejor manera posible a las condiciones adversas de la altura, en un contexto que exigía un bloque compacto, solidario y con capacidad de sostener el ritmo durante noventa minutos. Sabido es que en escenarios como el de Ambato, el desgaste físico es un factor determinante, y por eso Nicolás Vazzoler, el entrenador, apostó por un sistema 4-4-2 que viene ensayando desde hace varios días, el cual permite mantener líneas cortas y una estructura cerrada, aunque deja ciertos espacios entre líneas y demanda menos exigencia en la presión alta. Sin embargo, más allá de las buenas intenciones del dibujo táctico, lo cierto es que el rendimiento colectivo por las bandas no estuvo a la altura. En particular, se notó una marcada ausencia de oficio y retroceso en el carril izquierdo, donde no se logró consolidar una figura que asegurara cobertura y orden defensivo. Es comprensible que Pittón no sea un extremo tradicional, pero se esperaba de él una labor que garantizara solidez en la recuperación y contención por ese costado, algo fundamental para sostener el bloque medio-bajo sin exponer al equipo a rupturas que el rival pudiera aprovechar. Del lado derecho, Franco Fragapane (3) tampoco logró cumplir con las expectativas: se creía que podría aportar desequilibrio en el uno contra uno y, sobre todo, sacrificio en las transiciones. Su ubicación inicial por derecha tenía como objetivo facilitar salidas rápidas tras recuperar el balón y explotar los espacios que dejara Mushuc Runa, pero a la media hora de partido fue evidente que el planteo no funcionaba y hubo que reacomodar piezas. A partir de ese momento, el ex Boca pasó a jugar más centralizado, lo cual limitó aún más su participación e incidencia en el juego. Uno podría pensar que Vazzoler intentó sorprender con una modificación posicional, algo que algunos entrenadores suelen hacer con la esperanza de desestabilizar al rival, especialmente cuando detectan falencias en los costados. No obstante, el cambio no trajo grandes resultados. Lo más destacado de su participación fue la acción individual en la que fue derribado en la puerta del área, una jugada que derivó en la expulsión de Bentaberry, lo cual sin duda podría haber sido un punto de inflexión. Pero más allá de ese episodio, el aporte ofensivo fue escaso. En el inicio del partido, no logró conectar un centro preciso de Estigarribia y, peor aún, perdió la pelota en la jugada que derivó en el segundo gol del rival.

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Desde el primer minuto, Musuch Runa buscó atacar con envíos largos a las espaldas del ex lateral derecho de Defensa y Justicia. Estamos hablando de Lautaro Vargas (3): Sistemáticamente, perdió el duelo tanto con Haquí, como Orejuela, quien fue uno de los jugadores más desequilibrantes que tuvo el elenco ecuatoriano. Tuvo su bautismo jugando en la altura, y no estuvo a la altura de las circunstancias. Su mayor virtud son las proyecciones, y en este partido no pudo progresar con pelota dominada. Y cuando lo hizo, fueron centros a cualquier parte. Sin embargo, el castillo de naipes se terminó de derrumbar cuando el reloj apenas marcaba 2 minutos de juego. En la primera llegada, Mushuc Runa se puso arriba en el marcador, cuando Carlos Orejuela quedó de frente al arco y tomó un rebote para meter un derechazo cruzado y establecer el 1-0.

 

Musuch Runa propuso desde el inicio un juego basado en la agresividad y la verticalidad. Su enfoque ofensivo se caracterizó por una insistente búsqueda del arco rival, probando con disparos de larga distancia y explotando al máximo las transiciones rápidas. Cada vez que recuperaba el balón, atacaba con velocidad y determinación, generando peligro constante. En este contexto, la postura ideal para Unión era mantener la calma, evitar entrar en el ritmo frenético del rival y no caer en la tentación de jugarle de igual a igual, lo cual solo beneficiaba al estilo propuesto por Runa. Desde el punto de vista defensivo, Musuch Runa se mostró muy sólido y compacto. Replegaba a muchos de sus jugadores por detrás de la línea de la pelota, cerrando los espacios e impidiendo que Unión pudiera progresar con claridad. Además, realizaba una presión alta muy efectiva, que obligaba a Unión a tomar decisiones apresuradas y cometer errores en la salida. Este planteamiento táctico le permitió a Runa aprovechar al máximo las condiciones del partido y exponer las falencias del conjunto rival. Durante toda la primera mitad, Unión exhibió un nivel preocupante de desorganización táctica. El equipo quedó constantemente mal parado, dejando amplios espacios entre líneas que fueron explotados por la velocidad del adversario. La falta de cohesión entre sus líneas, sumada a una lectura errónea del juego que planteaba Musuch Runa, terminó por condicionar su desempeño en esos primeros 45 minutos. Mauricio Martínez (4) comenzó como segundo marcador central con la intención de aportar claridad en la salida y manejo de balón desde el fondo. Cuando Unión lograba cruzar la mitad de la cancha, se adelantaba para desempeñarse como volante de distribución, buscando enlazar el juego. Sin embargo, su partido fue opaco y, por momentos, peligroso: en una acción al despejar el balón, impactó en la cabeza de Orejuela y estuvo cerca de ser expulsado. Le faltó seguridad en los retrocesos y claridad en la entrega.

 

A medida que transcurrían los minutos, comenzaba a consolidarse una figura clave en el desarrollo del partido: Pinilla se convertía en el jugador más peligroso sobre el terreno de juego. Su movilidad, sumada a su capacidad para aprovechar los espacios, generaba constantes problemas en la última línea de Unión. El equipo de Santa Fe padecía especialmente en el duelo individual entre Vargas y el propio Pinilla; el defensor tatengue llegaba siempre un segundo tarde a cada disputa por la segunda pelota, lo que permitía a Runa ganar metros y sostener el ataque en campo rival. El desarrollo del juego, lejos de mostrar una intención clara de asociación por parte de algunos de los dos conjuntos, se tornó cada vez más directo. La tendencia era notoria: ambos equipos apostaban al pelotazo largo cómo fórmula principal para avanzar. En ese contexto, la altitud del escenario jugaba un papel determinante, ya que el efecto del aire en la trayectoria del balón provocaba que muchas veces los delanteros quedaran mano a mano con los centrales rojiblancos, generando situaciones de riesgo, casi sin elaboración previa. Otro factor que complicó a Unión fueron los laterales ofensivos de Musuch Runa, que se transformaron en una verdadera pesadilla. En cada ejecución, los envíos eran direccionados con precisión al punto del penal, una zona que Runa atacaba con agresividad, obligando a la defensa rojiblanca -hoy jugó de blanco- a trabajar a contrarreloj. Ahí tuvo que intervenir uno de los pocos jugadores que salvó la ropa en este papelón: Thiago Cardozo (5). Si bien le convirtieron tres goles, no tuvo responsabilidad en ninguno de los tres. Y minutos después casi convierte el segundo, con un disparo de media distancia de Cristian Penilla, que esta vez Cardozo con mucho esfuerzo voló para despejar la pelota hacia un costado. A los 16′ el equipo local casi marca el segundo en una jugada que arrancó con un lateral, Bryan Angulo aguantó la pelota y de media vuelta remató dentro del área para propiciar otra atajada de Cardozo.

Unión encontraba enormes dificultades para acercarse con peligro al área de Mushuc Runa. A medida que avanzaba el partido, se hacía cada vez más evidente que uno de los factores determinantes en esa diferencia era la altura: el encuentro se disputaba a casi 300 metros sobre el nivel del mar, y ese contexto físico representaba una desventaja notoria para el conjunto santafesino, quien llevó casi 100 personas a Ecuador. El desgaste se sentía, y las piernas no respondían con la misma frescura ante un rival que no solo conocía bien el terreno, sino que además lo aprovechaba con inteligencia. Dentro del análisis táctico, la clave para el elenco del Ponchito estaba en lograr amplitud por el sector derecho. Sin embargo, no lograba consolidar esa idea con continuidad. Porque Caicedo, posicionado como el principal generador de juego, se movía con cierta libertad en ese esquema que, de forma inicial, se presentaba un 4-2-3-1, pero fue mutando a lo largo del primer tiempo. Lo sufrió Claudio Corvalán (3), quien volvió a ocupar el puesto de lateral tras mucho tiempo, pero su rendimiento fue flojo. Se lo notó falto de ritmo, lento en las coberturas, y en varias ocasiones llegó tarde a cerrar los espacios. En el segundo tiempo intentó proyectarse con mayor frecuencia, pero eso generó que quedaran huecos en la última línea que Mushuc Runa supo aprovechar con velocidad y precisión. Eso generó incertidumbre en el plantel del elenco rojiblanco. Del otro lado, el dueño de casa mostró una interesante flexibilidad táctica. Mushuc Runa alternó entre un 4-3-3 y un 3-4-3, adaptándose a las situaciones del juego con inteligencia y fluidez. Ganó mucha versatilidad, y por ende, impuso un ritmo alto, con constantes rotaciones y una movilidad que descolocaba a Unión. Tapiero fue clave en ese dinamismo, aportando recorrido, intensidad y claridad en los momentos de transición. Unión, en cambio, no conseguía asentarse ni encontrar la pelota. A los 30 minutos de juego, la sensación general era que el plantel de su entrenador había sido erróneo. El equipo estaba partido, carecía de fluidez y no encontraba respuestas ni en lo individual ni en lo colectivo. Cada avance era forzado, y el rival imponía condiciones tanto desde lo físico como desde lo táctico.

Poco de Rafael Profini (3). Fue superado completamente en la zona media. Mushuc Runa jugó con total libertad entre líneas, llegando a la puerta del área sin resistencia. No logró recuperar la pelota ni imponerse físicamente ante los volantes del local. Además, sufrió mucho ante la velocidad de los atacantes rivales: Caicedo, Penilla y Angulo, que se movieron con soltura gracias también al respaldo constante de Orejuela. A diferencia de sus compañeros de la mitad de la cancha, al menos Mauro Pittón (4) mostró intención de tomar el balón y conducir. Alternó aciertos con errores, pero intentó ser el eje del equipo. Tiene una tendencia marcada a jugar hacia los costados, y eso lo limita: no es vertical, y muchas veces ralentiza las transiciones. Nunca logró acomodarse del todo en la cancha y fue superado durante casi todo el encuentro. Terminó siendo reemplazado ante su bajo aporte. Unión dejó en claro, a lo largo del desarrollo del partido, que es un equipo con serias falencias estructurales y una evidente falta de trabajo colectivo. Cada sector del campo mostraba síntomas de improvisación, descoordinación y ausencia de un plan de juego claro. El equipo no logra sostener una idea de funcionamiento definida, y eso se traduce en errores reiterados, sobre todo cuando no tiene la pelota. Uno de los aspectos más alarmantes es su rendimiento en las pelotas detenidas, una faceta del juego que muchas veces marca la diferencia en partidos cerrados o en contextos adversos como el de la altura. La ejecución de los tiros libres y los córners fue, por momentos, directamente deficiente: sin precisión, sin variantes, y sin ninguna intención táctica visible detrás de cada envío. Es un síntoma claro de un equipo que no entrena esas situaciones con la seriedad que el fútbol de hoy exige. En ese contexto de desorganización, el rol de Mauro Pittón como administrador del juego deja mucho que desear. Lejos de ser un eje en el mediocampo, Pittón carece de lucidez y de influencia en los momentos clave. No encuentra socios, no marca el ritmo del equipo y, en lugar de aportar claridad, muchas veces contribuye a la confusión general. Su manejo del balón es previsible y, lo que es aún más preocupante, su toma de decisiones está lejos del nivel que requiere un equipo que aspira a competir en escenarios complejos. Además, Unión corrió muy mal la cancha. El equipo quedó descompensado en varias ocasiones, sobre todo cuando Musuch Runa lograba romper líneas con facilidad. Un ejemplo claro fue la libertad con la que Tapiero se desprendía de la segunda línea de volantes. El mediocampista local aparecía constantemente como el hombre libre, recibiendo sin marca en una zona clave del campo y generando superioridad numérica. En una de esas jugadas, luego de una mala cobertura defensiva por parte de Unión, Tapiero tomó el balón y no dudó: avanzó unos metros y sacó un potente remate que pasó apenas al costado del arco defendido por Cardozo. Esa acción resumió en pocos segundos la fragilidad del sistema defensivo del equipo santafesino. La sensación general es que Unión no solo jugó mal: jugó desorientado, sin cohesión ni convicción. Es un equipo al que le falta identidad, al que le cuesta interpretar el partido y que, a diferencia de su rival, no logra adaptarse a las circunstancias. La falta de trabajo es evidente y se refleja en cada detalle, desde lo técnico hasta lo táctico, dejando al conjunto rojiblanco a merced de sus propias limitaciones.

Cuando el primer tiempo se acercaba a su final, Unión estuvo muy cerca de sufrir una complicación aún mayor. A los 45 minutos, Mauricio Martínez protagonizó una acción que pudo haber cambiado drásticamente el rumbo del partido: en su intento por despejar el balón con vehemencia, terminó impactando de forma peligrosa en la cabeza de Orejuela. El árbitro principal, Augusto Menéndez, decidió mostrarle inicialmente la tarjeta amarilla, pero la gravedad del contacto llevó a que el VAR interviniera de inmediato, sugiriéndole una revisión por la posibilidad de que la infracción mereciera la tarjeta roja. Tras unos tensos minutos, y luego de observar detenidamente las imágenes, el juez optó por ratificar su decisión inicial, lo que significó un verdadero alivio para Unión, que pudo haber quedado con un hombre menos justo antes del entretiempo. En ese contexto, lo mejor que le podía pasar al conjunto santafesino era llegar al descanso perdiendo apenas por la mínima diferencia. El equipo no ofrecía contención en la mitad de la cancha, una zona donde Mushuc Runa manejó los tiempos y dominó sin oposición. La falta de equilibrio en ese sector fue evidente: Unión no lograba cortar los avances del rival, ni ofrecía alternativas para iniciar sus propias jugadas con criterio. El desorden se adueñó del mediocampo, convirtiéndolo en tierra de nadie. Y como si todo eso fuera poco, en el quinto minuto de adición, Cristian Penilla estuvo a punto de ampliar la ventaja para el equipo local. Desde el costado izquierdo, sacó un remate potente y bien dirigido que se fue muy cerca del arco defendido por Cardozo, que ya estaba vencido en la reacción. Ese disparo fue un nuevo llamado de atención para un Unión que no encontraba respuestas ni en lo individual ni en lo colectivo. La imagen que dejó el equipo en esa primera mitad fue decepcionante. Se fue al entretiempo con 45 minutos completamente para el olvido. Unión es, hoy por hoy, un equipo imprevisible, un verdadero electrocardiograma: puede dar un buen pase entre líneas y, al instante, cometer un error grosero en defensa o en la transición. El nivel fue flojísimo, quizás de lo peor en lo que va del torneo. El mediocampo es un desierto, una zona sin circulación, sin marca, sin ideas. O el técnico realizaba cambios urgentes en esa zona del campo, o el equipo iba a seguir penando con el mismo sufrimiento en la segunda mitad. Lo más preocupante es que, después de la salida de Cristian González, Unión no solo no mejoró: juega igual o incluso peor. Y eso, a esta altura, es inadmisible. No alcanza con cambiar de técnico si la actitud de los jugadores no cambia también. Es hora de dejar de buscar excusas: los futbolistas tienen que empezar a hacerse cargo del presente del club. Porque los errores se repiten, el funcionamiento no aparece, y cada partido parece una nueva oportunidad desperdiciada.

Un segundo tiempo que terminó en goleada

La postura de Musuch Runa no varió: recibía el balón y disparaba desde donde sea. Lo presionaba a Fragapene e impedía que pueda gestar el juego. En el arranque del segundo tiempo pudo empatarlo Unión en una jugada en la que Estigarribia alcanzó a rematar dentro del área luego de un tiro de esquina y el arquero Rodrigo Formento terminó tapando. Sin embargo, en la primera llegada del segundo tiempo, Mushuc Runa marcó el segundo gol. A los 6′ un cetro desde la derecha de Orejuela encontró a Elian Caicedo por el segundo palo para meter un cabezazo alto y decretar el 2-0. El nivel de Franco Pardo (3) continúa siendo preocupante. Llama la atención que Gastón Arturia, refuerzo que llegó desde Estudiantes de Río Cuarto, aún no haya tenido minutos, especialmente considerando el bajo rendimiento del actual titular. Pardo tuvo responsabilidad directa en dos de los tres goles recibidos: en el 2-0, perdió la marca de Caicedo en el cabezazo, y en el 3-0 no logró cortar el pase rasante que terminó en gol de Penilla. Aunque en el primer tiempo no había tenido un mal rendimiento —rechazó de cabeza varios centros peligrosos—, a partir del segundo gol su desempeño se vino abajo por completo. Es evidente que atraviesa un momento que no justifica su presencia entre los titulares, y su desempeño sigue siendo una de las principales falencias defensivas del equipo.

Durante un breve pero intenso lapso de nueve minutos, exactamente entre el minuto 11 y el 20 del partido, se vivió el único momento de verdadero protagonismo ofensivo. Todo comenzó con un pelotazo largo ejecutado por Cardozo, quien buscó directamente a sus compañeros más adelantados. Bruno Pittón, muy atento a la jugada, logró peinar la pelota justo en el momento adecuado, lo que descolocó a la defensa rival y permitió que Franco Fragapane quedara mano a mano frente al arquero. En esa acción decisiva, el defensor Bentaberrey cometió una infracción clara al derribar a Fragapane justo en la puerta del área. La jugada fue revisada por el VAR, lo que generó una breve pausa cargada de tensión en el estadio. Sin embargo, tras el chequeo, el árbitro determinó que no correspondía cobrar penal. A pesar de la decisión polémica, el equipo de Runa se vio obligado a continuar el encuentro con un hombre menos por la expulsión derivada de la falta. Del tiro libre resultante, Mauricio Martínez tomó la responsabilidad de ejecutar, pero su disparo careció de la precisión necesaria y terminó saliendo por encima del travesaño, desperdiciando una oportunidad clara de abrir el marcador. Aun así, el equipo mantuvo la intención ofensiva durante ese breve lapso: minutos más tarde, una buena combinación en ataque permitió que Fragapane metiera un pase filtrado entre líneas que encontró perfectamente habilitado a Marcelo Estigarribia. El delantero definió con firmeza, pero el arquero Formento reaccionó con una notable atajada que evitó el gol. Sorprendentemente, ese fue el único momento de verdadero peligro que logró generar el equipo en todo el partido, lo que resulta difícil de creer considerando la calidad de los jugadores ofensivos. A partir de ese instante, el rendimiento volvió a caer, y la producción ofensiva se desvaneció por completo.

A los 22 minutos del segundo tiempo, Nicolás Vazzoler intentó darle un nuevo aire al equipo introduciendo dos modificaciones: Jerónimo Dómina (3) y Julián Palacios (3) ingresaron al campo de juego en lugar de los hermanos Pittón, Bruno y Mauro. Con estos cambios, Unión reconfiguró su esquema táctico y pasó a formar con un 4-3-3, donde Palacios, ex San Lorenzo, se ubicó sobre el sector derecho del ataque. Sin embargo, lejos de aportar claridad o dinamismo al juego, su intervención estuvo marcada por una actitud excesivamente individualista que, en lugar de potenciar al equipo, terminó perjudicándolo. En una de sus primeras intervenciones, perdió el balón en una zona sensible y el equipo quedó completamente mal parado, lo que desencadenó un contragolpe que pudo haber tenido consecuencias más graves. Si bien Palacios es un futbolista con condiciones técnicas evidentes, quedó en claro que necesita afinar su lectura colectiva del juego y entender mejor los momentos del partido para ser realmente útil en un contexto adverso como el que se vivía en ese tramo del encuentro. Por su parte, Jerónimo Dómina tuvo un ingreso opaco, prácticamente sin influencia real en el desarrollo del juego. Entró cuando el equipo ya se encontraba en desventaja y con un ritmo anímico muy bajo, por lo que le costó meterse en sintonía. Apenas se puede rescatar una acción en la que intentó recibir un pase filtrado de Lionel Verde dentro del área, pero no logró conectar de forma adecuada. Se vio desdibujado, absorbido por el contexto y la dinámica del partido, en un momento donde Mushuc Runa había retrocedido metros, cediendo el dominio territorial y de posesión a Unión, que sin embargo no supo cómo capitalizar ese aparente control del juego.

Ese dominio, más que una muestra de autoridad, fue una expresión de impotencia. Unión tenía la pelota, pero no sabía qué hacer con ella. Faltaban ideas, precisión, y sobre todo, inteligencia colectiva para aprovechar el hombre de más. El equipo incurrió en una serie de errores no forzados, con pases imprecisos, transiciones mal ejecutadas y una alarmante cantidad de movimientos intrascendentes. El juego se volvió caótico, desordenado, y los cambios que continuó introduciendo Vazzoler no hicieron más que profundizar la confusión. Diego Díaz (-), quien ingresó en lugar de Lucas Gamba (3), tampoco logró modificar el rumbo del encuentro. Su participación en ataque fue limitada, prácticamente nula. Le costó encontrar espacios, no pudo generar desequilibrio por las bandas y cada intento de centro terminó sin destino, con ejecuciones erráticas que no encontraron receptor. Se movió, luchó, pero lo hizo sin precisión ni claridad, y fue sustituido sin dejar ningún aporte relevante al desarrollo del partido. El único ingreso que ofreció una cuota de esperanza, aunque efímera, fue el de Lionel Verde (5,5), quien reemplazó a Franco Fragapane. En pocos minutos demostró ser uno de los jugadores con mayor comprensión del partido y de lo que el equipo necesitaba en ese momento. Ejecutó un tiro libre que pasó cerca del arco rival y dejó un pase filtrado muy bien leído, que Dómina no logró definir por escasos centímetros. A pesar del poco tiempo que estuvo en cancha, mostró iniciativa, lectura e inteligencia para interpretar los espacios, elementos que escaseaban en sus compañeros. Pero si el desconcierto táctico de Unión venía siendo una constante, lo que ocurrió después fue una muestra clara del caos. A los 34 minutos, en un intento desesperado por empatar, Vazzoler rompió la línea de cuatro defensores, dejando al equipo sin laterales definidos. Mateo Del Blanco (-) se posicionó nominalmente por izquierda, pero no ofreció soluciones: todos sus centros fueron imprecisos, enviados sin criterio y a zonas donde no había nadie esperando. Fue la confirmación de un equipo completamente desordenado, sin una estructura clara, ni desde lo táctico ni desde lo emocional.

Y como si todo eso no fuera suficiente, aún faltaba el golpe final. En el primer minuto de tiempo agregado, Mushuc Runa sentenció el partido con el tercer gol. Unión volvió a quedar mal parado, una constante en toda la noche. Un pase rasante atravesó toda el área sin que ningún defensor pudiera intervenir; Pardo, en su intento de rechazar, falló, y Cristian Penilla, entrando por el sector izquierdo, definió con un remate cruzado inapelable para sellar el 3-0 definitivo. Fue la estocada final para un equipo que, más allá de nombres, cambios o intenciones, sigue demostrando una preocupante incapacidad para reaccionar ante la adversidad.

 

 

 

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