lunes, enero 26 2026

San Nicolás se convirtió en algo especial para Unión. En una tranquila ciudad del norte bonaerense, a orillas del río Paraná, la fe dormía en el corazón de muchos, latente pero silente, como una llama tibia que no terminaba de apagarse ni de avivarse. San Nicolás de los Arroyos, con sus calles sencillas y su aire de provincia, vivía sus días entre la rutina de la vida cotidiana y la tradición heredada de generaciones pasadas. Fue en este escenario aparentemente común donde, un 25 de septiembre de 1983, la historia espiritual de una comunidad entera cambió para siempre. Aquella tarde, mientras el sol se colaba con suavidad por las cortinas de su modesta casa, Gladys Herminia Quiroga de Motta, una vecina como cualquier otra, sumida en su habitual oración, experimentó una presencia que escapaba a toda lógica humana. No hubo truenos, ni terremotos, ni estridencias: hubo paz. Una luz suave y envolvente llenó el ambiente, y en medio de ese resplandor, la figura de la Virgen María se manifestó con una ternura que desarmó el escepticismo más arraigado del alma. Gladys, lejos de huir o estremecerse de miedo, se sintió acompañada, sostenida por una presencia que hablaba al corazón sin necesidad de palabras. La aparición se repitió a los tres días, como si el cielo quisiera dejar claro que no se trataba de una ilusión pasajera ni de un capricho de la mente. Gladys, atónita, guardó el secreto como un tesoro, temiendo la incredulidad de los demás, consciente de que las cosas sagradas también pueden ser objeto de burla. Pero cuando la Virgen volvió a aparecerse por tercera vez, apenas dos días después, ya no pudo callar más. Con humildad y valor, le preguntó qué deseaba de ella y, en respuesta, no recibió una orden directa, sino una visión: un majestuoso templo se alzaba ante sus ojos, grandioso e imponente, como una promesa de lo que estaba por venir. No eran necesarias las palabras; el mensaje era claro y absoluto. El 12 de octubre, empujada por esa certeza interna, Gladys confió lo sucedido al padre Carlos Pérez, sacerdote de la ciudad y sobrino de la beata Crescencia Pérez. Ese fue el primer paso de un camino que transformaría no solo la vida de Gladys, sino la de miles. La historia, sin embargo, tenía raíces más profundas. En 1884, durante la inauguración del templo de San Nicolás de Bari, una imagen bendecida por el papa León XIII había llegado desde Roma: la Virgen del Rosario. Esta imagen, durante décadas custodiada y luego olvidada, yacía en el campanario de la catedral, oculta, como esperando su hora. Fue el 27 de noviembre de 1983 cuando el padre Pérez redescubrió esta imagen y, para su asombro, comprobó que coincidía perfectamente con la descripción que Gladys había dado de la Virgen que se le aparecía. Cuando Gladys se encontró frente a esa figura olvidada, la Virgen se manifestó nuevamente y dijo:

—Me tienen olvidada, pero he resurgido. Ponedme allí, porque me ves tal cual soy. El mensaje era potente, como si la misma historia reclamara su lugar en el presente. Pronto, los signos se multiplicaron. Luces misteriosas, perfumes inexplicables, fenómenos solares que miles afirmaron presenciar con emoción desbordante, llevaron a la comunidad a un despertar de la fe que no se había visto en generaciones. La misma Gladys, con paso firme y alma encendida, condujo a un pequeño grupo de fieles hacia el lugar donde debía construirse el templo. Allí, justo donde sus pies se detuvieron, un haz de luz descendió del cielo como una lanza luminosa que se hundía en la tierra. Una niña de nueve años también lo vio, sellando el momento con inocencia y verdad. Tres meses más tarde, el fenómeno se repitió. Entonces, monseñor Domingo Salvador Castagna, obispo de San Nicolás, inició una investigación canónica, con cautela y apertura, consciente de la magnitud espiritual de lo que estaba ocurriendo. El 19 de marzo de 1989, con el eco de campanas que no dejaban de sonar, la imagen restaurada de la Virgen fue trasladada desde la catedral al nuevo santuario, que aún estaba en construcción. Aquel día no solo se bendijo la obra, también se consagró un anhelo colectivo. El santuario, bajo la dirección del padre Pérez, fue concebido como un hogar para multitudes: amplias terrazas, espacios abiertos, una cúpula imponente de cobre que reflejaba el cielo. No era solo un edificio: era el corazón de una devoción que volvía a latir con fuerza inusitada. En agosto de 1990, el prestigioso teólogo René Laurentin, mariólogo francés de renombre, llegó a San Nicolás atraído por la profundidad del fenómeno. Tras estudiar los hechos y conocer a Gladys, publicó una obra titulada Una llamada de María en Argentina, donde no solo validaba el valor espiritual del acontecimiento, sino que lo situaba en el contexto de las grandes manifestaciones marianas del siglo XX. El reconocimiento más simbólico llegó el 25 de mayo de 2009, cuando monseñor Cardelli coronó solemnemente la imagen de María del Rosario de San Nicolás ante una multitud emocionada, que rompió en aplausos y lágrimas al ver la corona depositarse sobre la cabeza de la Virgen. A pesar del trágico robo de las coronas en 2012, que nunca se resolvió, la devoción no mermó. Al contrario, se fortaleció. El 22 de mayo de 2016, después de años de discernimiento y acompañamiento pastoral, monseñor Cardelli firmó el decreto que reconocía oficialmente el carácter sobrenatural de las apariciones. Con voz serena y firme, en una misa repleta de peregrinos, pronunció palabras que quedarían grabadas en la historia:

—Reconozco el carácter sobrenatural de los felices acontecimientos. La Iglesia local, prudente pero abierta, había dado su veredicto. Pero el tiempo avanza y, con él, las decisiones pastorales cambian. En 2017, su sucesor, monseñor Hugo Santiago, explicó que, tras solicitar autorización al Vaticano, dejarían de difundirse los mensajes recibidos por Gladys, dando paso a una etapa más sobria de la devoción. Aun así, el santuario continúa recibiendo a miles —medio millón de peregrinos cada año— que llegan no por espectáculos ni señales, sino por la búsqueda sincera de un encuentro con lo sagrado. Y en ese rincón de la provincia argentina, donde el cielo pareció tocar la tierra, la Virgen del Rosario de San Nicolás sigue siendo faro de consuelo, guía de fe y madre para un pueblo que no ha dejado de escuchar su voz, incluso en el silencio

Matías Tagliamonte, determinante en Unión

Hay partidos que trascienden el resultado final. Son esos encuentros que, más allá del marcador, dejan una sensación distinta, una mezcla entre alivio y esperanza, especialmente cuando el contexto es de frustración acumulada. Si Unión hubiera quedado eliminado de la Copa Argentina, sin lugar a dudas, el golpe habría sido fuerte, no tanto por la instancia en sí, sino por lo simbólico que resulta para un equipo que, en el primer semestre del año, quedó fuera de todo, dejando en sus hinchas una estela de desilusión. Sin embargo, y aunque apenas se trata del primer partido de esta nueva etapa, hay señales que invitan a ilusionarse. Porque Unión, más allá del dramatismo de la definición por penales, fue claramente superior a Rosario Central durante los noventa minutos reglamentarios. Jugó mejor, generó más y, por momentos, dominó con autoridad. Y si el Tate logró avanzar a los octavos de final —instancia que no alcanzaba desde aquel lejano 2017, cuando eliminó a Lanús en Sarandí— fue en buena parte gracias a la figura indiscutida de la noche: Matías Tagliamonte (10). El arquero, con una actuación sobresaliente, se erigió en el gran protagonista de la jornada. Desde el primer minuto transmitió una seguridad que se volvió contagiosa para sus compañeros. En el juego aéreo estuvo impecable, saliendo a cortar con decisión y sin titubeos, despejando cualquier intento de Rosario Central de inquietar por esa vía. Si bien no fue exigido de forma constante, respondió con firmeza ante cada remate, ya sea de corta o media distancia, mostrando reflejos y ubicación. Pero lo más importante llegaría cuando la tensión alcanzó su punto máximo: el penal de Ignacio Malcorra. Allí, Tagliamonte no se adelantó ni se dejó vencer por la ansiedad. Esperó hasta el último instante y, con la frialdad de los que entienden el arte de atajar penales, frustró al experimentado ejecutor. El dato no es menor: Unión había perdido, con la salida de Santiago Mele, a un arquero con ese perfil, con esa capacidad de transformarse en figura cuando el equipo lo necesitaba.

El fútbol argentino es, sin lugar a dudas, el más parejo del mundo. No existe otro campeonato en el que la competencia sea tan equilibrada, donde cualquier equipo tenga una oportunidad real de vencer a los más grandes, como lo son River o Boca, que vienen de realizar un papelón en el Mundial de Clubes. En otros países, como en Inglaterra, el Manchester City parece ganar todos los partidos de forma casi rutinaria. En España, el Real Madrid se alza con victorias casi constantes, y en Alemania, el Bayer Leverkusen llega a imponer una racha impresionante de triunfos consecutivos. Sin embargo, en Argentina la historia es completamente diferente. Aquí, el fútbol tiene una dinámica impredecible, y cualquier equipo, por más modesto que sea, tiene la capacidad de derrotar a los gigantes. Este nivel de igualdad es lo que hace tan atractivo el fútbol argentino. No se trata solo de los clásicos entre Boca y River, aunque evidentemente generan mucha expectativa, sino de la posibilidad real de que un equipo menos favorecido pueda darle un susto a los poderosos. En Argentina, el resultado de cada partido está abierto a sorpresas, lo que mantiene a los espectadores siempre atentos, esperando un desenlace inesperado. Lo que hace único al fútbol argentino es esa constante competencia. Los equipos, aunque grandes o pequeños, siempre luchan por cada punto, lo que genera un ambiente de emoción e incertidumbre que cautiva a todos los que lo siguen. Además, no es solo una cuestión de competencia; la calidad del fútbol también juega un papel fundamental. Los partidos se caracterizan por un juego vistoso, lleno de pasión, y a menudo, por momentos de brillantez individual que le dan un toque especial. Personalmente, prefiero un fútbol en el que haya esa imprevisibilidad, en el que el espectáculo sea entretenido y visualmente atractivo. No se trata solo de la táctica o el marcador final, sino de la forma en que se juega, de los destellos de talento que logran deslumbrar a los aficionados. Un equipo que no solo gane, sino que lo haga con estilo, que cautive a la gente con su manera de jugar, es lo que, en mi opinión, hace del fútbol argentino una de las competiciones más emocionantes y bellas de todas. Mientras el fútbol argentino, particularmente la Primera División, atraviesa un parate, las miradas del mundo están puestas en el Mundial de Clubes. Es un torneo que, en su esencia, trata de convertirse en un referente global, pero todavía está lejos de tener la fuerza y la historia que otros certámenes poseen. Nadie sabe si este Mundial logrará hacer historia mientras transita por ella, si será recordado como el primero de una nueva era en el fútbol de clubes o simplemente quedará en el olvido como un intento que se evaporará. Lo cierto es que, en sus primeros años, incluso la Copa Libertadores no fue la obsesión que hoy representa para los equipos sudamericanos. Los ejemplos de cómo el fútbol de clubes fue evolucionando con el tiempo son varios, y uno de los más claros es el caso de San Lorenzo. En 1960, el club argentino aceptó disputar una semifinal de la Copa Libertadores contra Peñarol en Montevideo, en lugar de hacerlo en cancha neutral, lo que le costó 54 años de espera hasta ganar la Copa, en 2014. Esta historia, que está marcada por la reflexión y el arrepentimiento, refleja cómo las grandes competiciones no nacen de la noche a la mañana, sino que deben forjar su relevancia con el tiempo, en base a decisiones y vivencias de los clubes que las disputan. Otro claro ejemplo de estas fisuras en la historia del fútbol de clubes es la Copa Intercontinental, el torneo que enfrentaba al campeón de la Copa Libertadores con el campeón de Europa. En sus primeras ediciones, este torneo tampoco estuvo exento de polémicas. Boca Juniors, por ejemplo, ganó la edición de 1977 al Borussia Mönchengladbach, el subcampeón de Europa, debido a que el Liverpool, el verdadero campeón, no pudo adaptar su calendario para disputar el partido. Tampoco la edición de 1978 fue disputada, y en 1975, Independiente no pudo jugar la suya debido a problemas con las fechas. En esos tiempos, nadie imaginaba la magnitud que tendría un torneo como el de la Intercontinental, ni mucho menos lo que significaría el enfrentamiento de los clubes sudamericanos con los europeos en el escenario global. Quién podía prever que una estrella internacional sería cotizada como lo es hoy, con los clubes de Europa y Sudamérica peleando por esos títulos como si fueran el oro. Ahora bien, el Mundial de Clubes, por su naturaleza, debería remitir a la excelencia. Sin embargo, esa excelencia parece diluirse cuando vemos cómo se compone el torneo, con equipos de la Premier League y hasta de la MLS, como el Inter Miami. De hecho, el equipo de Miami no clasificó por sus logros deportivos, sino por la llegada de Lionel Messi, lo que, si bien es una jugada brillante para la organización del torneo, diluye la idea original de que el Mundial de Clubes es una competencia para los mejores del mundo. Esto refleja, además, lo que ocurre cuando los equipos europeos, como el Chelsea, que fue campeón en 2021, presentan alineaciones tan cambiadas que ya no tienen nada que ver con el equipo original. En este contexto, los torneos y las competiciones globales parecen ser más un negocio mediático que una verdadera muestra de fútbol de élite. Lo que aún mantiene viva la relevancia de este torneo, al menos para los aficionados, es la intensidad y la imprevisibilidad que siempre han acompañado al fútbol sudamericano. Aunque los clubes europeos dominan la escena global y tienen un mercado que abarca todos los rincones del planeta, son los equipos sudamericanos los que aún conservan la pasión y la energía que dan vida al espectáculo. En ese sentido, la inclusión de clubes como Boca Juniors en Miami o River Plate en otros escenarios internacionales se convierte en un factor clave para mantener la mística del fútbol. A pesar de la globalización y el enfoque comercial, los equipos argentinos siguen siendo el alma de los torneos internacionales, con una capacidad única para conectar con el público. Sin embargo, hay algo que no se puede cambiar: la esencia del fútbol. En este afán por «rejuvenecer» el deporte, por agregarle tecnología, cámaras en el pecho de los árbitros o música después de un gol, lo que sigue siendo realmente interesante es el juego en sí. Los adornos y el show pueden atraer a nuevas audiencias, pero son los momentos auténticos del partido los que siguen cautivando a los verdaderos fanáticos del fútbol. Como en el Mundial de Clubes, donde, a pesar de todos los artificios que se le pongan alrededor, lo único que realmente importa es el fútbol y la emoción de cada jugada. Al final del día, Gianni Infantino, presidente de la FIFA, y sus grandes apuestas por expandir el torneo hasta los 48 clubes, intentan vendernos un espectáculo de dimensiones globales, pero lo que realmente tiene valor es lo que ocurre dentro del campo. Ya sea en el Mundial de Clubes o en cualquier otra competencia, el fútbol sigue siendo una pasión que, aunque se vista de diferentes maneras y se adapte a los tiempos, no pierde su esencia: el amor por el juego.

 

III

Alguna vez, Dante Panzeri grabó para todos los tiempos aquella frase célebre: “fútbol, dinámica de lo impensado”. Esta sentencia encapsula a la perfección lo ocurrido en San Nicolás, donde Rosario Central, uno de los equipos más sólidos y consistentes de la Copa de la Liga, vio desmoronada su ilusión en un abrir y cerrar de ojos. Con 36 puntos obtenidos, apenas una derrota en su haber y una actuación que lo colocaba entre los mejores, el golpe de la eliminación se sintió como una verdadera traición del destino. Este tipo de situaciones, tan impredecibles como el fútbol mismo, son las que generan esa mezcla de frustración y admiración que caracteriza al deporte. La herida que dejó esa eliminación sigue fresca en la memoria de los hinchas y de los jugadores, y es natural, sobre todo cuando se pone en perspectiva la enorme expectativa que se había generado en torno al equipo de Ariel Holan. A pesar de la desazón por el golpe reciente, es posible hacer un balance más amplio del primer tramo del año para Central. Y este, lejos de ser negativo, ofrece luces sobre los avances y logros alcanzados hasta el momento. Es inevitable que, después de una eliminación tan dolorosa, la mirada se fije en lo que no se logró, pero un análisis serio debe incluir también los objetivos que se habían planteado antes del inicio de la temporada. Y, si bien en el fútbol todo se mide por resultados, el camino recorrido hasta aquí no puede pasarse por alto. Generalmente, los balances se realizan en base a las metas que se fijan desde el principio, aquellos objetivos que los equipos se proponen al arrancar el año. Y, al hacer este ejercicio, es fundamental preguntarse: ¿qué esperaba Rosario Central al inicio de la Copa de la Liga? Afirma uno de sus referentes, que el principal objetivo nunca fue declararse campeón en la pretemporada, ni mucho menos. No, porque aunque el deseo de llegar a lo más alto siempre está presente, lo cierto es que hay una serie de pasos intermedios que se deben cumplir, y esos fueron los verdaderos focos de trabajo para el equipo. Para algunos, la meta más inmediata era consolidar el juego colectivo y mantener una solidez que les permitiera afrontar los desafíos con confianza y competitividad. Y en ese sentido, Central logró mucho, aunque el destino, cruel e impredecible, lo haya privado de seguir avanzando. Del otro lado estaba Unión, último en la tabla anual, perdiendo gran parte de todos los partidos, y con el descenso a la vuelta de la esquina, sin embargo, a lo largo de los 90 minutos no se vio reflejada esa diferencia desde lo numéricos.

¿A donde queremos ir con esto? Que cualquiera le puede ganar cualquiera. Unión, bajo el tradicional 4-4-2, tradicional que ha sido durante décadas una bandera del fútbol argentino, lejos de replegarse o especular, el equipo de Madelón intentó imprimirle dinamismo a su juego, apoyándose en las bandas como principal herramienta para progresar y lastimar al rival. Desde el primer cuarto de hora se percibió una intención manifiesta de triangular por el sector derecho, buscando generar superioridad numérica y aprovechar la velocidad de los laterales. Muchos periodistas tienen a confundirse porque en este esquema, y bajo la conducción de Leonardo Carol Madelon, el Tate no juega con enganches ni con extremos. Unión se mostró más decidido a avanzar en bloque, asumiendo riesgos y posicionándose con mayor presencia territorial en campo contrario, algo que no siempre había logrado con claridad en compromisos anteriores. El Tate, consciente de que el juego por adentro no iba a ser sencillo ante un rival que achica espacios con ferocidad, apostó a la amplitud y al trabajo constante de sus laterales para ensanchar el campo. En ese sentido, la búsqueda de profundidad por las bandas no fue improvisada, sino una respuesta estratégica a las características de un Rosario Central que se distingue por su presión intensa y su fortaleza en el duelo físico.

Union a octavos de final de la Cop Argentina

En el cada vez más exigente y cambiante escenario del fútbol argentino, donde los márgenes de error se reducen y donde la presión por obtener resultados inmediatos suele atentar contra cualquier proyecto de mediano plazo, Ariel Holan intenta sostener en Rosario Central una propuesta que, si bien parte de una idea de juego clara y reconocible, no se ata con rigidez dogmática a ella, sino que se despliega con matices, con decisiones pragmáticas, con adaptaciones necesarias que le permiten al equipo sobrevivir, competir y, eventualmente, imponerse aún en entornos desfavorables. Lejos de la caricatura que suele construirse en torno a ciertos entrenadores con formación académica —aquellos a los que se les endilga un amor excesivo por la pizarra y una supuesta desconexión con las pulsiones reales del juego—, Holan demuestra que es posible pensar el fútbol desde la táctica sin resignar la pasión, y también que se puede priorizar el orden sin que eso implique abandonar la ambición. Su Rosario Central, armado sobre la base de un sistema 4-2-3-1 que busca equilibrio entre las líneas y una progresión ordenada del juego, se sostiene en una serie de pilares que se han ido afirmando con el correr de los partidos. El doble cinco que conforman Federico Navarro y Franco Ibarra representa el eje desde el cual se articula tanto la recuperación como la salida. Navarro, de perfil más técnico y sereno, asume el rol de primer pase, bajando a recibir entre los centrales y dándole al equipo una salida más limpia cuando el contexto lo permite. Ibarra, en cambio, aporta músculo, despliegue, cobertura, y no pocas veces es quien rompe líneas desde atrás con sus conducciones verticales. Juntos, se complementan en la mitad de la cancha, marcando el termómetro del equipo. Por delante de ellos, como enlace o mediapunta central, Ignacio Malcorra es, en teoría, el encargado de ponerle inteligencia al ataque, de recibir entre líneas, de girar y filtrar pases que desarmen defensas. Pero ese rol tan específico, tan fino, también depende de que el entorno le sea propicio: necesita espacio, necesita socios, y necesita que la pelota le llegue limpia. Cuando eso no ocurre, como sucedió en San Nicolás, su juego se ve condicionado, y el equipo lo sufre. El partido disputado por Copa Argentina fue, en ese sentido, un buen ejemplo de la complejidad que implica sostener una idea en un fútbol tan condicionado por factores externos. El césped del Estadio Único —en condiciones más cercanas a lo amateur que a lo profesional— no solo atentó contra el desarrollo técnico del juego, sino que obligó a modificar planes, ajustar intenciones, y en muchos casos resignar ciertas virtudes propias en función de sobrevivir al caos que impone un terreno irregular. En ese escenario, Rosario Central no renegó de su identidad, pero supo leer que el camino para competir no era el acostumbrado. Holan, en una muestra de flexibilidad y sensatez táctica, permitió que su equipo saliera en varias ocasiones con envíos largos, que buscara saltar líneas cuando la presión rival se intensificaba, y que apostara por la disputa aérea y la segunda pelota como métodos legítimos para avanzar metros. Esa decisión, lejos de representar una traición a sus principios, fue una ratificación de su inteligencia como entrenador: el que se adapta sin renunciar es, en definitiva, el que sobrevive.

El plan de Unión: poblar la mitad de la cancha

Del otro lado, el plan de Leonardo Madelón fue tan claro como efectivo. Pobló la mitad de la cancha con volantes de recorrido, de marca y de despliegue, y armó un bloque compacto que le cerró los caminos a Malcorra, lo obligó a recibir siempre de espaldas, sin tiempo para perfilarse, y lo empujó a cometer errores poco habituales en él. En consecuencia, Central perdió fluidez, se volvió predecible, y dependió en exceso de alguna maniobra individual por las bandas o del desequilibrio que pudiera generar Enzo Gimenez, quien traicionó varias veces por su sector, imponiéndose ante un Mateo del Blanco (6), que fue de menor a mayor.

La intensidad y la disciplina táctica que mostró Unión a lo largo del partido en San Nicolás fueron evidentes desde el primer minuto, donde impuso una presión alta sobre el Canalla, que hacía de local. De todos modos, el Tate necesitaba buscar opciones por dentro, ya que en el juego aéreo se volvió casi una misión imposible debido  presencia firme y sólida de Carlos Quintana, quien, como ya se ha hecho costumbre en el 2025, se convirtió en una muralla defensiva de primer nivel. El Pelado estuvo prácticamente impecable durante todo el encuentro, desactivando cualquier intento por parte del ataque rival. Su capacidad para ganar los duelos individuales fue crucial, especialmente al neutralizar las principales armas de Rosario Central en el bloque defensivo. Sin embargo, lo más destacado de la actuación de Unión, además de su capacidad defensiva, fue la proyección ofensiva de Lautaro Vargas (7) quien sigue mostrando su importancia en el esquema de los de Santa Fe. Durante los primeros 20 minutos del encuentro, el lateral por derecha intentó abrir la cancha por la banda derecha, buscando desbordar y generar juego a través de sus incursiones. Su labor se volvió clave para equilibrar el partido, pues su incursión ofensiva ofrecía la posibilidad de inquietar a la defensa de Central. Pero, como sucede en el fútbol, la dinámica del juego cambió cuando la tarea de Vargas pasó a ser 100% defensiva. La razón fue la constante amenaza que representaba Campaz, el habilidoso extremo de Central, quien con su velocidad y regate estaba en búsqueda de encontrar espacios por ese sector. Vargas cumplió a la perfección con su cometido de contenerlo, anulando casi por completo los avances del atacante rival. El partido se tornó un juego de tensiones en la mitad de la cancha, donde los errores de precisión en los pases de Malcorra y la desconexión evidente entre él y Campaz fueron factores que limitaron la creatividad de Rosario Central. Además, el escaso aporte de Duarte, que no lograba asociarse eficazmente con sus compañeros, complicaba aún más la construcción de juego de los de Ariel Holan. Por su parte, Unión, con un orden minimalista pero efectivo, lograba mantenerse firme y sereno, sin permitir que el Canalla tuviera momentos de fluidez en el juego. Era claro que, por más que Rosario Central intentara, las líneas bien compactas del equipo visitante les dificultaban romper el cerco defensivo. Sin necesidad de un dominio total del balón, Unión supo cómo jugarle al Canalla y, con una disposición táctica correcta y el trabajo incansable de jugadores como Vargas, logró jugarle de igual a igual.

En la mitad de la cancha, apareció la claridad de siempre, el buen primer pase de Mauricio Martínez (6). Hace jugar a sus compañeros. Impuso presencia ante el doble cinco de Rosario Central, ante Franco Ibarra, que intentó marcar presencia, de a ratos lo logró, otras veces no. Jugó sólo 45 minutos, ya que salió en el entretiempo. Frente a Ibarra, también le ganó el duelo en el anillo central. Le costó demasiado el partido. Nunca entró en juego y no desequilibró. Tuvo la situación más clara de todo el primer tiempo con un tiro libre de 27 metros, que tapó magníficamente Jorge Broun. A medida que avanzaba el partido, se fue viendo con más claridad la idea de juego que Leonardo Carol Madelón intenta plasmar en su Unión. Un equipo compacto, con una estructura defensiva sólida que se mantiene firme, y que a la hora de salir al ataque, lo hace con transiciones rápidas y directas. El técnico quiere que su equipo sea vertical, que no se enrede en posesiones largas y que, cuando recupere la pelota, intente hacer daño rápidamente. Sin embargo, a pesar de los esfuerzos de los jugadores, esta propuesta se encontró con una dura oposición por parte de Rosario Central, que, aunque no mostró una fluidez destacable en su juego, logró mantenerse firme defensivamente. El Canalla, aún sin desplegar su mejor versión, cerraba bien los espacios y sabía cómo replegarse rápidamente para neutralizar los avances rivales. Uno de los aspectos clave del equipo local fue su capacidad para lateralizar el balón, pasando de izquierda a derecha con paciencia, pero sin llegar a romper la defensa del conjunto de Madelón. Este juego horizontal y la rotación constante del balón conseguían generar una cierta incomodidad en los defensores de Unión, forzándolos a estar en constante movimiento, pero sin jamás llegar a romper su estructura compacta. A pesar de que Central disponía de la posesión, esa ventaja no se traducía en peligro real sobre el arco rival. Faltaba velocidad y precisión en los pases, y en gran medida, también creatividad. Los jugadores del medio campo, como Malcorra, no lograban conectar bien con los atacantes, lo que resultaba en un juego estancado y carente de ideas. El mayor contraste se dio con la figura de Jaminton Campaz, quien, en teoría, debería ser uno de los principales desequilibrantes en el equipo. Pero en esta jornada, su rendimiento fue pobre. Desde el primer minuto, estuvo impreciso, sin poder penetrar las líneas defensivas de Unión, y se mostró totalmente desconectado del juego. Su frustración fue evidente; en muchos momentos parecía fastidiado, molesto consigo mismo y con el desarrollo del partido. Esa desconexión con el juego lo llevó a ser reemplazado, algo que habla de la dificultad que tuvo para adaptarse a la dinámica de un partido en el que no logró dejar su huella. Arriba, Lautaro Giaccone tampoco estuvo en su mejor nivel. El delantero, que no es precisamente un especialista en el juego aéreo, se vio obligado a pelear en los balones divididos y a sacrificarse por el equipo en aspectos defensivos. La falta de presencia en el área fue notable, y su escaso aporte ofensivo terminó siendo una de las grandes preocupaciones para el equipo. Si bien peinó una pelota de cabeza en un intento por generar peligro, no fue mucho más lo que aportó al frente. La realidad es que Giaccone no sintió la necesidad de ocupar el área rival como una zona de influencia, y al mismo tiempo, el juego de Central tampoco le brindó las condiciones necesarias para destacarse. De esta manera, el equipo de Madelón, aunque bien estructurado y con una idea clara de lo que pretende en cada fase del juego, se topó con un Central que, a pesar de su control del balón, no lograba hacerle daño a la defensa visitante. Y, en la parte ofensiva, tanto la escasa presencia de Giaccone como la falta de explosividad de Campaz dejaron a Central sin capacidad para generar peligro real.

Cristian Tarragona: Gentileza Prensa Unión

El partido se desarrolló en un escenario en el que Unión, si bien se mostró ordenado y firme en defensa, sabía que la clave para no sufrir ante Rosario Central pasaba por evitar las pelotas detenidas. No era la primera vez que se veía a jugadores como Carlos Quintana o Facundo Mallo imponiéndose en el área rival, sobre todo en los tiros de esquina o centros, pero la preocupación era el peligro latente que esas jugadas podían generar en el área de Unión. De hecho, durante el primer tiempo, se percibió una vez más la vulnerabilidad de Central en esas situaciones, ya que el equipo de Madelón tuvo que lidiar constantemente con los lanzamientos a favor del Canalla, sin que estos se tradujeran en ocasiones claras. A pesar de este reto, la defensa de Unión, sólida y bien posicionada, logró mantenerse a flote, cerrando los espacios de manera eficiente. Para destacar también lo de Facundo Mallo. El central mostró una gran solidez, sin complicarse en demasía, y aunque hubo momentos en los que pareció quedar fuera de la imagen, en general cumplió con su rol. Su capacidad para anticipar y su firmeza en los duelos aéreos, especialmente en los balones largos de Central, fueron factores clave para la estabilidad defensiva del equipo. Al lado de Quintana, el bloque defensivo de Unión lució compacto y bien coordinado. La presión alta que implementaba el Tate obligaba a Rosario Central a cometer errores en la salida, aunque, a pesar de estas recuperaciones, Unión cometía demasiadas faltas en el medio campo, lo que cortaba su ritmo y dejaba al rival con opciones de generar juego a través de tiros libres y pelotas detenidas. Por su parte, Rosario Central, al no lograr crear un juego fluido en el mediocampo, terminó volcándose a la banda derecha con Enzo Giménez. El lateral fue, sin dudas, uno de los jugadores más destacados de su equipo en la primera mitad. Con su capacidad de conducción y llegada al área rival, fue de los pocos que intentó generar algo de peligro, sobre todo en un equipo que no lograba asociarse como se esperaba. Sin embargo, esa insistencia en el sector derecho de Central no parecía tener suficiente apoyo de los jugadores más creativos, como Jaminton Campaz e Ignacio Malcorra, que en esta ocasión no lograron conectarse. Campaz estuvo completamente ausente, sin peso en el ataque, mientras que Malcorra, aunque trató de ser el conductor, no pudo aportar claridad en la distribución.

Unión, por su parte, sufría de una desconexión similar. Aunque su presión alta lograba incomodar a Central, la falta de un juego más elaborado en el mediocampo le impedía concretar las transiciones rápidas con efectividad. El equipo de Madelón dependía de las proyecciones de los laterales y de alguna jugada aislada, pero al llegar a 3/4 de cancha, la precisión en los últimos metros era un déficit claro. A pesar de tener la pelota, el Tate no lograba crear jugadas peligrosas de manera consistente. Y si bien la defensa y el bloque colectivo eran sólidos, en ataque faltaba esa chispa creativa que permitiera generar peligro real. Arriba, Lucas Gamba (4) estuvo en constante movimiento, buscando desmarcarse y generar espacios para sus compañeros. Sin embargo, la dupla defensiva de Quintana y Mallo se mostró firme y evitó que el delantero tuviera libertad para sorprender. Aunque el mendocino tuvo un par de buenas jugadas, no logró concretar ni sacar ventaja de ellas, lo que resultó en su reemplazo. A pesar de su dedicación, el trabajo defensivo de Central lo absorbió y le impidió tener mayor incidencia en el juego. Por otro lado, Cristian Tarragona (5), en su debut, mostró actitud y disposición, pero su rendimiento fue algo discreto. Si bien comenzó con ganas de ofrecer más, fue apagándose conforme avanzaba el partido. Su presencia en el campo fue silenciosa, y aunque intentó colaborar en la generación de jugadas, nunca logró destacarse. La falta de un mediocampista creativo que asistiera a los delanteros fue evidente, y salvo por la participación de Mauricio Martínez, los de Madelón carecieron de alguien que pudiera darle la última puntada ofensiva. La carencia de este eslabón entre el mediocampo y la delantera se mantuvo como uno de los puntos flacos de Unión, una problemática que ya veníamos observando en las columnas previas de este 2025.

Por los costados, Julián Palacios (4) mostró un despliegue físico importante, pero, lamentablemente, su esfuerzo se tradujo en un retroceso. Aunque en todo momento demostró ser un jugador solidario, su contribución se limitó principalmente al compromiso de actuar como rueda de auxilio, buscando de alguna forma brindar apoyo a sus compañeros para generar superioridad numérica en el campo. Su objetivo era claro: tratar de neutralizar el impacto de jugadores clave como Campaz y Malcorra, quienes venían causando problemas por el sector de su banda. No obstante, pese a su dedicación, Palacios nunca logró imponerse como ese jugador desequilibrante y explosivo que se esperaba. Lejos de ser el jugador que lograra cambiar el rumbo del partido, su desempeño se vio empañado por una serie de errores que afectaron negativamente su rendimiento. A lo largo del encuentro, cometió múltiples infracciones, muchas de ellas innecesarias. Entre ellas, se destacaron varias faltas en ataque que no solo interrumpieron las jugadas de su equipo, sino que también otorgaron al rival la oportunidad de colocar el balón en el área, aumentando el peligro para su equipo. Hubo un buen trabajo sin pelota de Mauro Pittón (6), siendo mucho más efectivo en tareas defensivas y de recuperación. Si bien su despliegue y dinámica no fueron los mismos que en otros encuentros, donde se le había visto más involucrado en la construcción y distribución del juego, en esta ocasión su sacrificio fue evidente. Se dedicó a presionar constantemente, a realizar un desgaste físico considerable y a cumplir con una de las tareas más complejas en el campo: neutralizar al talentoso Malcorra. Sin ser un factor destacado en la creación ofensiva, su esfuerzo encomiable para cubrir espacios, y correr sin descanso fue fundamental para el equilibrio del equipo, y, en última instancia, contribuyó al funcionamiento colectivo que, a pesar de no ser brillante, cumplió con el objetivo en el desarrollo del partido.

 

El segundo tiempo y el penal que malogró Malcorra

La postura de ambos equipos no sufrió modificaciones durante el segundo tiempo, y la dinámica del encuentro continuó siendo la misma: Rosario Central asumía la iniciativa del juego, mientras que Unión se mantenía compacto en su campo, con una línea defensiva que se ubicaba a unos 20-25 metros de su área. Los jugadores volantes, sobre todo los de banda, mostraron un alto nivel de compromiso en el retroceso, colaborando activamente para frenar los avances del conjunto canalla. Sin embargo, a medida que transcurrían los minutos, el partido se volvía cada vez más equilibrado y cerrado, con escasas ocasiones de peligro y un ritmo algo discreto. Hasta ese momento, el empate 0 a 0 parecía el resultado más justo para ambos equipos, ya que ninguno había logrado superar al otro en aspectos clave del juego. Pero, como suele suceder en el fútbol, en el transcurso de un minuto y medio, todo cambió. A los 20 minutos del segundo tiempo, un par de jugadas fulgurantes pusieron de pie a los pocos espectadores que aún mantenían la esperanza de ver algo de acción. Primero fue Unión el que se acercó al gol. En una jugada rápida, Franco Fragapane (4) quedó completamente solo frente al arco de Jorge Broun. Con todo el tiempo del mundo para definir, el atacante intentó un toque suave y por bajo, aparentemente seguro de que el gol era inminente. Sin embargo, la figura del arquero de Central se alzó en el momento más inesperado. Broun, con una reacción felina, intuyó la dirección del remate, se arrojó hacia su derecha y con una gran estirada logró evitar lo que parecía un gol cantado. La parada fue espectacular, de esas que quedan grabadas en la memoria de los hinchas por la increíble destreza del arquero, quien le negó lo que parecía un tanto seguro al delantero de Unión. Sin embargo, lo que siguió después en ese breve lapso de tiempo fue aún más vertiginoso. Apenas unos segundos después de la atajada de Broun, Central salió rápidamente de contragolpe. En cuestión de 20 segundos, el balón llegó a los pies de Agustín Módica, quien acababa de ingresar al campo en reemplazo de Lautaro Giaccone, a los 10 minutos del segundo tiempo. El delantero se acomodó dentro del área de Unión, controló el balón y, cuando estuvo listo para definir, fue derribado por un defensor rival. El árbitro Darío Herrera no dudó ni un instante y señaló el punto penal para el equipo local. La sensación era que, tras haberse salvado de ir abajo en el marcador, Central podría finalmente ponerse en ventaja. La esperanza se concentró en el ejecutante: Ignacio Malcorra, un especialista en remates de pelota parada, se dispuso a tomar la responsabilidad de la ejecución. Pero, en un giro inesperado, el remate del volante canalla estuvo lejos de las expectativas. Con todo el ángulo abierto para colocar el balón en el arco, Malcorra abrió excesivamente el pie y, con un toque desviado, su tiro se fue a un costado, pasando por el palo derecho del arquero, quien apenas si se movió, sabiendo que la oportunidad se había escapado. Es curioso cómo en esos 90 segundos intensos, los dos momentos más destacados del partido sucedieron casi de forma simultánea. Un remate fallido, una atajada espectacular, un penal errado y, al final, el marcador seguía intacto, 0 a 0, con las emociones a flor de piel pero sin un cambio en el tanteador. Esas son las paradojas del fútbol, un deporte donde todo puede suceder en cuestión de segundos, pero el resultado final es el que manda, a veces sin importar lo que se haya vivido en el transcurso del partido.

En los últimos 25 minutos, Unión logró torcer el rumbo de un partido que parecía destinado al tedio, para transformarlo en una victoria que se gritó con el alma tanto en las tribunas como en el campo de juego. Fue una jornada donde el Tate, sin lucirse en lo estrictamente futbolístico, apeló al carácter, a la entrega y, sobre todo, a la figura de un arquero que se vistió de héroe en el momento más caliente del encuentro. Matías Tagliamonte, con sus guantes como escudo y temple de acero, se encargó de que la balanza se inclinara del lado santafesino en la tanda de penales, esa ruleta rusa emocional que suele consagrar a los valientes y desnudar a los desprevenidos. Durante el desarrollo del partido, la dinámica fue tan espesa como el aire previo a una tormenta. Central, que venía con el peso de haber sido uno de los mejores equipos del torneo anterior, no encontró nunca el hilo conductor del juego. Errático, impreciso y desordenado, el equipo de Rosario parecía una sombra de sí mismo, incapaz de hilvanar dos pases seguidos o de inquietar con claridad a la defensa rival. Unión, por su parte, no ofrecía demasiado más, pero al menos mostraba una actitud más decidida, una intención de imponer condiciones aunque careciera de la profundidad necesaria para traducirla en situaciones de peligro.

La entrada de Lionel Verde por Franco Fragapane a los treinta minutos marcó un punto de inflexión en la búsqueda de algo más de claridad. La idea era simple: alguien que pudiera hacer circular la pelota con sentido, que aportara una pizca de fútbol en medio de un océano de imprecisiones. Aunque su ingreso no cambió radicalmente el trámite, sí ofreció una alternativa más limpia en la conducción y permitió a Unión tener más presencia en campo rival. Poco después, la confianza del equipo creció tras un penal malogrado por Central, un golpe anímico que los rosarinos no lograron asimilar. En ese momento, el Tate olió sangre y, aun sin desplegar un juego avasallante, se animó a empujar, a ir, a hacer pesar la localía y el aliento que bajaba incesante desde las tribunas. En medio de esa tibia reacción apareció la última variante del conjunto local: Diego Armando Díaz ingresó por Lucas Gamba, en una movida que buscaba darle algo más de frescura al frente de ataque. No fue una entrada determinante desde lo técnico, pero sí desde lo simbólico: Unión quería ir por todo, aunque fuera empujado más por el corazón que por las ideas. El tiempo reglamentario expiró sin grandes emociones, y el destino del partido quedó supeditado a los penales. Allí, en ese terreno donde el azar y la sangre fría se disputan cada disparo, emergió la figura indiscutible del encuentro. Tagliamonte, sereno como un monje tibetano, se plantó bajo los tres palos con una seguridad que contagió. Atajó dos de los cuatro penales que le ejecutaron, uno fue al palo (el de Sández), y apenas uno —el de Malcorra— fue imposible: una definición magistral al ángulo. Del lado de Unión, convirtieron con contundencia Mauricio Martínez, Mauro Pittón y el propio Verde, mientras que Estigarribia desvió el suyo. Pero con los tres goles alcanzó. El arquero había hecho su parte con creces, y el resto del equipo, que había batallado durante los noventa minutos sin demasiada claridad pero con dignidad, lo acompañó desde el alma en esa celebración final. El triunfo se gritó como una gesta, porque eso fue en definitiva: una pequeña hazaña de un equipo que llegaba como “punto”, sin los pergaminos de su rival, con menos nombres rutilantes, pero con más hambre, con más corazón y con la figura indiscutible de un arquero que se agigantó en el momento justo. Tagliamonte no sólo fue el mejor del partido; fue el hombre que cambió el destino de una noche que parecía destinada al olvido. Unión fue banca, apostó por sus convicciones y por su gente, y se llevó un triunfo que vale más que tres puntos: vale por la confianza, por el orgullo, y por el mensaje que deja en el camino.

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